Lo más interesante del filme es que maneja en un contrastante tono apacible una tensión que existe y se va asomando sutil pero ineludiblemente, aunque lo que se impone, en suma, es lo primero.
Es ese tipo de películas que seducen, conmueven y emocionan, porque saben conducir al espectador por pasadizos inesperados que conducen directo al alma de sus personajes.
La historia puede parecer más o menos predecible, pero la honestidad y cercanía con que Mira Nair la relata la aleja del cliché, el simplismo y la emotividad para la galería.
La cámara de Fukuyanga enfrenta el horror sin caer en él, evitando el morbo. Su enfoque se centra en los detalles significativos, dejando de lado el impacto efectista y el gore que suele atraer al público. Es una propuesta de cine off Hollywood que busca transmitir un mensaje importante.
La habilidad de la cámara para describir certeramente a sus protagonistas, a sus cercanos, a sus conocidos, cada uno en su rica singularidad -en sus hábitats, sus costumbres, sus actitudes-, es parte clave de lo valioso de la película que con ello traza un gran fresco de una sociedad completa.
De gran crudeza, la película transmite la singular frialdad que se genera en estos tratos donde dominantes y dominados se intercambian, en una irónica y desolada forma de mirar las relaciones primer-tercer mundo.
Las actuaciones magistrales de Maguire, Schreiber, Sasgaard y Stuhlbarg, junto con una dirección que logra integrar el ajedrez de manera efectiva, crean un retrato profundo de un héroe trágico, reflejando la compleja y dolorosa vida de una persona de difícil diagnóstico.
Es de esos hitos que solo pueden salir de la imaginación sin fondo de Charlie Kaufman, una película asombrosa e inquietante, hecha exquisita y minuciosamente con la técnica del stop motion.