Es de esas películas que hay que ir a ver. No solo por sus 12 nominaciones sino porque es esa clase de producciones que provocan desde adhesiones apasionadas a rechazos decididos, pasando por reparos moderados o puntuales.
Nos lanza más que un par de verdades nada agradables, pero lo hace de manera tan sorprendente (la última escena es delirante) que uno no puede creer que se haya reído y lo haya pasado genial viéndola.
Este drama, basado en un hecho real, contrasta las imágenes idílicas del bosque y el mar con la tensión vivida por la familia, recordando obras como "Crimen y castigo". La cercanía emocional que transmite lo hace resonar profundamente.
Inolvidable Alan Arkin como el extravagante cazatalentos que ayuda a JB en su aventura. Unos minutos menos en la duración de la película habrían sido apreciados.
McQueen retrata la majestuosidad de la naturaleza junto a la brutalidad, la pequeñez y la grandeza, así como la gentileza y la vileza más extrema del ser humano, todo entrelazado en un solo mundo. Imperdible.
Una comedia que inicia de manera suave y picaresca, con momentos que llegan a ser exquisitamente delirantes. A pesar de sus defectos, se trata de una película meticulosamente filmada y ambientada, con un elenco de actores que cualquier director desearía tener.
Aquí el drama, en lugar de concentrarse e intensificarse, se dispersa y corre el riesgo de desviarse. A veces, el guión ofrece líneas brillantes, especialmente en lo relativo al humor, pero su estructura narrativa presenta fallas, particularmente en su falta de enfoque.
'Amy' es un ejemplo sobresaliente de cómo se debe realizar un documental, un cine de no ficción que ha elevado continuamente sus estándares y, lo más notable, se ha vuelto cada vez más accesible para el público.
Quizás por lo excesivamente cercana y reciente de la historia, lo más interesante es lo que queda pendiente: la reflexión sobre transparencia, libertad de expresión, ética y responsabilidad.
A 'Lincoln' se le nota el peso de la historia y del icono: es una película discursiva que, probablemente, a algunos espectadores les llegará incluso a resultar algo tediosa.
Independiente de si usted incluye o no a Woody Allen entre los grandes del séptimo arte, este es un documental que tiene un gran valor en sí mismo y que anota varias sorpresas atractivas e interesantes.
El director David Mackenzie tiene un dominio excepcional del tempo narrativo. A pesar de utilizar numerosas elipsis, logra mantener una cámara al nivel de un hombre sentado conversando con una cerveza en el porche, mientras que la profundidad de campo revela objetos al fondo que se convierten en pistas significativas.