Los valerosos exégetas de este libro de imágenes sólo aciertan a acumular referencias. Esta película evoca la sensación de ser una instalación en un museo o mausoleo del séptimo arte.
Le encantará a quienes se sientan atraídos por la mezcla entre la dramaturgia despojada de Antonioni y el humor visual minimalista de Tati, todo filtrado a través de la angustia escandinava de Kaurismaki.
Su lanzamiento limitado a un circuito alternativo no debería ser un obstáculo para que la recomendemos al espectador curioso. Tanto yo como 60 programadores de festival estamos seguros de que no nos equivocamos.
Serra ha rodado una pieza intensamente espiritual que acaba adquiriendo una belleza lunar. Pero muchos preferirían que les contasen esta historia a la antigua usanza.
Se aguanta por Michelle Pfeiffer y por la Maléfica de Angelina Jolie: dos grandes hembras alfa en un terrible duelo de madrastras. Cuando no están ellas dos, la película pierde interés.
Cuando uno comienza a reflexionar sobre a quién va dirigida la película, uno se da cuenta de que los niños no la entenderán y los adultos se aburrirán, lo que deja entrever que entra el mundo de fantasía con dificultad.
Resuelve de forma satisfactoria el reto de una gran producción de efectos especiales; es difícil lamentarse por la escasa fidelidad al original. Surge la inquietud sobre qué imaginario posmoderno estaremos ofreciendo a nuestros niños.
Le conviene más el apelativo de deshuesada; no digo anémica porque no está mal del todo pero, después de dos horas, uno sale con hambre además de con frío.
Esta parábola beata no evoca la inefable espiritualidad panteísta de Malick, emersoniana, sino las recreaciones que solía presentar Hollywood de «una profunda fe primitiva».
Con menos talento del que derrocha este póker de ases actorales, la fábula sería muy difícil de digerir. Con Murray y compañía, casi anhelamos una secuela.
Escrita, dirigida y protagonizada de forma estilosa por Cherien Dabies, encaja como un guante en el molde del cine de autor europeo, aunque técnica y narrativamente pertenece al cine independiente estadounidense.
Un reparto impresionante que justifica el tiempo dedicado a la película. Sin embargo, ninguna de las historias que se entrelazan tiene un peso específico notable.
Cine que habla de 'la vida', cuyo único defecto radica en su tendencia a seguir una línea terapéutica que es característica del cine estadounidense con inclinaciones surrealistas.
Waters se había moderado en sus trabajos recientes y, tal vez por eso, su última obra es la más 'guarri' que ha realizado en mucho tiempo. El resultado es más patético que transgresor, llegando a rozar la patochada.