Esta parábola beata no evoca la inefable espiritualidad panteísta de Malick, emersoniana, sino las recreaciones que solía presentar Hollywood de «una profunda fe primitiva».
Con menos talento del que derrocha este póker de ases actorales, la fábula sería muy difícil de digerir. Con Murray y compañía, casi anhelamos una secuela.
Un thriller de revancha, como hemos visto en numerosas ocasiones. Sin embargo, presenta una serie de características que lo diferencian de este subgénero.
Escrita, dirigida y protagonizada de forma estilosa por Cherien Dabies, encaja como un guante en el molde del cine de autor europeo, aunque técnica y narrativamente pertenece al cine independiente estadounidense.
Esta es la versión Jarmusch de 'una de espías': un thriller envasado al vacío. Los fans del género pueden sentirse estafados pero los de Jarmusch se sentirán tan fascinados como este cronista.
Un reparto impresionante que justifica el tiempo dedicado a la película. Sin embargo, ninguna de las historias que se entrelazan tiene un peso específico notable.
Cine que habla de 'la vida', cuyo único defecto radica en su tendencia a seguir una línea terapéutica que es característica del cine estadounidense con inclinaciones surrealistas.
Waters se había moderado en sus trabajos recientes y, tal vez por eso, su última obra es la más 'guarri' que ha realizado en mucho tiempo. El resultado es más patético que transgresor, llegando a rozar la patochada.
Muy buena. La escasa entidad dramática, con la que se juega deliberadamente, de muchas de esas charlas de sobremesa supone la más refinada elaboración del elegante minimalismo que caracteriza la obra de ese genuino independiente que es Jarmusch.
Laica y ruidosa, no se asemeja a las obras de Tarkovski. Sin embargo, plantea la reflexión de que el cine podría estar evolucionando hacia un nuevo lenguaje simbiótico con otros formatos.
Calparsoro demuestra una vez más su habilidad para crear un cine físico y orquestar la acción. Sin embargo, cuando los motores resuenan más que los diálogos y los coches chocan en lugar de los personajes, me encuentro desconectado como espectador.
La cinta peca de ser excesivamente amable y las escenas carecen de expresividad dramática. Se vuelve más interesante ver cómo se prepara la comida y lo bien que resulta, en comparación con los diálogos.
La falta de definición y dirección de la película podría considerarse un mérito, pero termina siendo un lastre insalvable. La cada vez más frágil y etérea Huppert justifica, como siempre, su presencia.