No teman, que esta película no se mete en muchos berenjenales. Su mérito reside en ilustrar un episodio de la vida del mimo Marcel Marceau que muchos desconocíamos y su defecto, darle el papel a Jesse Eisenberg.
Curiosamente, la premisa de la película se desarrolla de manera más efectiva en su primera parte. La irrupción de la realidad, en su sentido más crudo y siniestro, limita los excesos visuales.
Lo que salva a esta Marguerite es el recurso a la voz en off, que permite que la tensión entre palabra e imagen se manifieste de manera efectiva. En ese momento, la película cobra vida, dejando atrás la mera narración para convertirse en un verdadero ensayo.
El enfoque femenino permea toda la producción, donde numerosos roles creativos y técnicos son ocupados por mujeres, incluso en la estructura del guión. El destacado desempeño de Bill Nighy resalta como un gran triunfo.
Todo listo para que Tim sintonice la FM en "Fantástico Maravilloso". Sin embargo, hay algo que no termina de funcionar. No tuvimos la oportunidad de descubrirlo entre el estruendo de tantos efectos digitales.
No es solo un documental; aunque utiliza de manera excepcional material de archivo, sus reflexiones trascienden lo meramente factual, lo que convierte esta singular propuesta en una obra realmente fascinante.
La literalidad de la imagen cinematográfica suele obstaculizar su capacidad de funcionar como una imagen metafórica. Si me preguntan si deben verla, les diré: ¿quién dijo miedo? O, más bien, pánico.
Rodada de forma impecable. Lo que le falta es la elocuencia que surge del talento de un cineasta de fuste. El paso del tiempo, el «tempo» de la epopeya, es lo que no se consigue evocar en las dos horas de metraje.
Magnífica evocación del hundimiento del tercer Reich, al dejar en el fondo un contexto histórico ampliamente conocido, para explorar un modelo casi abstracto, fantasmal y alucinado.
Podemos dejar apuntado lo placentero del camino hasta arribar a ese final, que se asemeja a una versión realista de clásicos del cine colonial como «Pépé le Moko».
Es la mejor película del amigo Tim en un tiempo. Sin embargo, resulta curioso lo poco que refleja el estilo burtoniano. Además, hay un gran error de casting al elegir a Waltz para interpretar a un marido que se percibe únicamente como un psicópata.
El universo creado por Miyazaki es idealizado y benigno. No deben perderse a Totoro ni al gato autobús, personajes que muestran la maestría del director.