Su problema principal es que una idea que es buena para poco más que un fundido a negro, se estira en un largo agotador y, a pesar de su buen reparto y gran dirección, está mal y pretenciosamente interpretada.
Es interesante desde el punto de vista político. Como drama, resulta tedioso y excesivo. La trama es confusa de una manera irritante, y la forma de actuar suele ser pomposa, además de superar las dos horas de duración.
Todo es muy complejo y confuso. De hecho, es tan extrañamente confuso que John Patrick y Arthur Sheekman, que hicieron el guión, tienen que recurrir a un rodaje melodramático para llevarlo todo a un final tolerable.
La película de Hitchcock avanza de manera paulatina hasta culminar en un inesperado sobresalto que, aunque melodramático al estilo clásico, resulta efectivo. Las explicaciones que presenta parecen más bien una burla de un director que ha utilizado este recurso en sus obras anteriores. Como resultado, el desenlace se siente un tanto insípido.
Un guión tenso y sofisticado de Casey Robinson, acompañado de actuaciones profesionales, transforma esta película en una ficción entretenida y de calidad.
Aunque este espectáculo de compasión puede no ser del gusto de los que desconfían de la agitación social y la empatía fácil, hay que decir Richardson hace una presentación espléndida.
Ofrece una mirada penetrante a los corazones de los hombres sencillos y, gracias a mostrar que de la debilidad humana proviene cierta nobleza, es mucho más gratificante que una alabanza heroica.