La larga duración de una cinta no siempre está reñida con el entretenimiento, del mismo modo que la devoción llega a veces a admitir una pequeña dosis de irreverencia.
Poco importa en definitiva si lo narrado por Frears y su guionista, corresponde enteramente a la verdad histórica. De las últimas ficciones que viene proponiendo el realizador septuagenario, ésta bien pudiera ser la más emblemática y sincera. Y la más divertida.
La conjunción de vitalidad artística y clarividencia política que [Ken Loach] muestra en 'Yo, Daniel Blake' es, muy por encima de mínimos y fútiles reparos críticos, simplemente formidable.
Una narrativa original y fresca. Un manejo formidable y convincente del habla popular en un fresco urbano donde se entrecruzan la marginalidad social y la diversidad sexual.
El enorme carisma de un gran ícono hollywoodense reducido aquí a un manojo de gesticulaciones y mohines esforzados del voluntarioso Dane DeHaan en miscast irremediable.
A pesar de sus excentricidades formales y de su falta de sobriedad narrativa, así como del aspecto tan poco convencional de sus cuatro protagonistas, esta película podría considerarse la más irritante y polémica de las que se han producido en el país en los últimos años.
Todo a la manera de una maliciosa estrategia de suspenso, como una buena y última broma entre amigos, o la planificada ceremonia de adiós donde cine y teatro se confunden para deleite de antiguos compañeros de ruta, y viejos y nuevos espectadores.
Lo desafortunado es que un relato que podría tener una carga dramática más intensa o un filo crítico más acerado, deba confiar, en ocasiones, en recursos humorísticos chatos y reiterativos.
Desde la misma industria hollywoodense, Jordan Peele, maestro de los títulos expresivamente secos, responde con un irónico 'Nope' a la pretensión tenaz de someter al cine a las rutinas de un espectáculo conformista.
Un cuento con una moraleja oscura, muy a tono con el tipo de narraciones absurdas y desconcertantes que posiblemente habrán de prosperar en estos tiempos nuestros de tenaz incertidumbre.
Un drama que va creciendo en intensidad hasta abandonar el aspecto estrictamente social para volcarse de lleno, en un último segmento conmovedor, en una parábola de la solidaridad moral y el entendimiento humanista.
Aunque la anécdota es muy breve, lo que las realizadoras muestran, con precisión y sobriedad narrativa, es algo tan inconmesurable e intangible. Una inesperada sorpresa.
Una mirada realista a la tradición ecuestre, entre el documental y el registro costumbrista, sirve sorprendentemente de enlace para revelar con brío narrativo aristas novedosas de la condición humana.
En la relectura actual que realizan David Pablos y su guionista Monika Revilla sobre el episodio histórico del baile de los 41, se percibe originalidad y una notable audacia, elementos fundamentales para revitalizar el cine de la diversidad sexual en México.
El director franco-polaco presenta una de las obras más claras y desilusionadas de su trayectoria. Se trata de un irónico y virtual Yo acuso del principal acusado por excelente.