La pareja protagonista brilla todo el tiempo. Óscar Isaac y Jessica Chastain. Estas dos presencias animan vigorosamente el tercer trabajo de un realizador vuelto ya referencia insoslayable en el cine estadunidense.
Este drama tiene las tonalidades de ironía oscura que caracterizan la obra de un director incisivo que ha sabido evocar, mejor que nadie en su país, las atmósferas de desasosiego y también las voces disidentes de una comunidad sumida en el temor y en el silencio.
En el conjunto actual de biopics rutinarias y de realismo convencional, cabe reconocer en el retrato psicológico de su polémica protagonista la impronta personal del audaz realizador chileno.
Lejos de traicionar el espíritu del libro, la cinta refuerza el lirismo de la novela. En ese ambiente de desolación y tristeza, un vuelo de golondrinas, símbolo del autoexilio liberador de las perseguidas, tiene en la animación, su expresión más afortunada.
El señalamiento crítico de la directora mantiene toda su vigencia en la mayor parte del mundo islámico, revelando de paso la carga de intolerancia misógina que aún prevalece en muchas sociedades occidentales.
Lo que aleja a este trabajo de Boukhrief de las rutinarias sagas policiacas es su decisión de narrar la historia desde el punto de vista de Antoine en dos momentos diferentes de su vida. Esto transforma lo que podría haber sido un thriller convencional en una profunda exploración psicológica y moral.
Encuentra el balance y el tono justo de esta evocación de una historia de amor sin porvenir en la que el melodrama ha sido sustituido, de modo muy discreto, por una añoranza sentimental que es también un tributo abierto a la literatura y a la fotografía.
No es solamente una parábola pacifista, sino una melancólica meditación sobre el desmembramiento de una nación, la pérdida de identidades y la difícil fraternidad de los contrarios.
Un toque de zen. La sorpresa es enorme y estimulante. Una suma de sus constantes estéticas y exploración de una tradición narrativa y filosófica sólo en apariencia hermética, ciertamente fascinante.
Detenerse demasiado en los efectismos cuestionables de la cinta, hará que se pasen por alto sus aciertos evidentes: un cuestionamiento audaz y muy directo de la tiranía de los roles tradicionales de género.
Una arriesgada incursión en la comedia de horror, muy atractiva desde su premisa de ilustrar fantasiosamente las alteraciones mentales de un personaje esquizofrénico.
Akin no arriesga en su narrativa ni en la originalidad de los diálogos ni en un despliegue de consignas panfletarias. Lo que busca y logra plenamente es contrarrestar esa rigidez opresiva con el alegre desenfado de las minorías que a menudo son silenciadas.
Más allá de esta trama convencional y previsible, el talento de Klapisch se despliega en un manejo sobrio de las coreografías de danza que por sí solas constituyen todo un espectáculo.
La película intenta abarcar una cantidad excesiva de elementos políticos y judiciales en una trama que se siente excesivamente compacta. Aunque comienza con un buen ritmo, este se ve obstaculizado por la dificultad de presentar de manera clara un contexto social tan complicado.
Un juego de dominación y poder que funciona como metáfora y microcosmos de una sociedad francesa en la que aún persisten las crispaciones ideológicas y un clima de intolerancia xenófoba.
La perspectiva que Laura Herrero ofrece hoy sobre ese mundo refleja una profunda carga de solidaridad y empatía, lo que le permite distanciarse del juicio moral y de una denuncia social explícita.