A esa crónica del tiempo en que una indignación encolerizada reemplazaba por completo la resignación y el fatalismo, el director suma la historia sentimental, ofreciendo así un relato más intimista.
No es solamente una parábola pacifista, sino una melancólica meditación sobre el desmembramiento de una nación, la pérdida de identidades y la difícil fraternidad de los contrarios.
Un toque de zen. La sorpresa es enorme y estimulante. Una suma de sus constantes estéticas y exploración de una tradición narrativa y filosófica sólo en apariencia hermética, ciertamente fascinante.
Detenerse demasiado en los efectismos cuestionables de la cinta, hará que se pasen por alto sus aciertos evidentes: un cuestionamiento audaz y muy directo de la tiranía de los roles tradicionales de género.
Una arriesgada incursión en la comedia de horror, muy atractiva desde su premisa de ilustrar fantasiosamente las alteraciones mentales de un personaje esquizofrénico.
Akin no arriesga en su narrativa ni en la originalidad de los diálogos ni en un despliegue de consignas panfletarias. Lo que busca y logra plenamente es contrarrestar esa rigidez opresiva con el alegre desenfado de las minorías que a menudo son silenciadas.
Más allá de esta trama convencional y previsible, el talento de Klapisch se despliega en un manejo sobrio de las coreografías de danza que por sí solas constituyen todo un espectáculo.
La película intenta abarcar una cantidad excesiva de elementos políticos y judiciales en una trama que se siente excesivamente compacta. Aunque comienza con un buen ritmo, este se ve obstaculizado por la dificultad de presentar de manera clara un contexto social tan complicado.
Un juego de dominación y poder que funciona como metáfora y microcosmos de una sociedad francesa en la que aún persisten las crispaciones ideológicas y un clima de intolerancia xenófoba.
La perspectiva que Laura Herrero ofrece hoy sobre ese mundo refleja una profunda carga de solidaridad y empatía, lo que le permite distanciarse del juicio moral y de una denuncia social explícita.
Costa-Gavras no había explorado la realidad social de su país hasta ahora. Su regreso, a los 88 años, evidencia su buena salud artística y, sobre todo, la firmeza de sus convicciones políticas.
A la película de Popper, al igual que a la de Greengrass, les sobran concesiones dramáticas que restan contundencia artística. Sin embargo, al ser consideradas en conjunto, brindan una perspectiva más coherente sobre el significado político y emocional de una tragedia interminable.
A la cinta de Popper como a la de Greengrass les sobran demasiadas concesiones dramáticas para alcanzar una contundencia artística. Consideradas en conjunto ofrecen, sin embargo, una aproximación más coherente al significado político y emocional de una tragedia interminable.