No sobra ni falta un plano. Me siento hipnotizado de principio a fin. Sigo pensando en “Ida” después de verla tres veces. Es cine muy bueno, con estilo y aroma a tiempos lejanos.
Es una película vocacionalmente extraña que puede mantener moderadamente la atención, con clima desasosegante, con arquetipos y situaciones que llevan el identificable sello de sus autores, pero el resultado final no me apasiona.
Sobreviviendo con gracia a la caspa, esta historia es contada por David Trueba con arte, sutileza, emoción y un toque de gracia. Javier Cámara realiza un trabajo espléndido.
Nada brillante que destacar en 'Las mujeres de la sexta planta'. Está protagonizada por el tópico y el pasteleo, una combinación que la taquilla valora mucho.
No es despreciable, ya que busca aportar un estilo visual a las imágenes. Sin embargo, es una película superficial, excesivamente psicológica y pretenciosamente poética, centrada más en el diseño que en ofrecer una representación auténtica de los personajes atormentados.
Es una película descriptiva y narrativa, irónica y tierna, humorística y lúcida, un homenaje memorable a aquel pasote generalizado que montaron los hijos de las flores.
Lo que me cuenta, los consecuentes traumas que padecen tres hermanos por la rotura de matrimonio de sus padres y la huida de la madre, lo ha hecho con mejor fortuna el cine en bastantes ocasiones.
Exhaustiva, aunque insulsa biografía. Casi todo el tiempo tengo la sensación de impostura y debilidad narrativa. Aunque admiro la interpretación que hace Cate Blanchett de Dylan, todo lo demás me deja indiferente.
Todo funciona con perfección. Es una película tan sentida como primorosamente realizada. Me siento todo el rato dentro de ella. Su estética es poderosa. No hay desfallecimientos narrativos. Y todos los intérpretes resultan auténticos.
Tengo un serio problema con esta película, cuyos 150 minutos se me hacen largos. Y es que ninguno de sus personajes me resulta querible. Es una película monótona e inútil, olvidable.
La fuerza narrativa, la sutileza y el lirismo que caracterizaron al cine de Zhang Yimou aquí están ausentes. No hay nada que me irrite en 'Un segundo', pero tampoco nada que me apasione.
Ortega imprime a la historia un tono enigmático y poderoso, una atmósfera malsana, que no me permite desinteresarme hasta el final de la cotidianeidad de este tipo tan singular y peligroso.