Merece la pena ver las hazañas deportivas y la complejidad psicológica de un dios demasiado cruel con sus compañeros llamado Michael Jordan en 'El último baile'.
Veo y escucho esta película con agrado, ya que ha superado otros riesgos como el exceso de ternura. Es, sin duda, una película extraña, pero en el mejor de los sentidos.
Un guion disparatado y con escasa gracia. No te ocurre nada malo por ver y escuchar esas intrigas, pero se supone que pretenden provocar diversión. En mi caso permanezco en plan iceberg.
Tengo la fatigosa sensación de que ya he visto esta película otras veces. No tengo nada contra ella, pero le falta fuerza expresiva y puedes prever todo lo que va a ocurrir. Huele a encargo alimenticio abogando por una buena causa.
El tema es fuerte, pero tal como está narrado no me provoca implicación emocional. Veo y escucho la serie sin desagrado, pero tampoco más, ni frío ni calor. Lo que más me gusta es la interpretación de Marisé Álvarez.
Costa-Gavras adopta un tono didáctico que resulta incómodo, casi como si nos tratara como a estudiantes de primaria. Las buenas intenciones son indiscutibles, pero a la vez, noto la falta de talento en esta fábula contemporánea sobre David y Goliat.
Es amable y resulta entretenido, pero no mucho más. Hay momentos divertidos en las aventuras de este camello tardío, y la dinámica con su exesposa y nieta tiene su encanto. Sin embargo, siempre se espera más de Eastwood.
La calidad narrativa es inexistente. No hay fuerza, complejidad ni impacto en sus imágenes, que resultan poco memorables. ¿Qué es lo que ofrece un mínimo de entretenimiento? Los actores y las actrices.
Ha sido usted grande, señor Redford. Veo su última película asociada a ese triste y lógico concepto del testamento. Es ligera, encantadora y agridulce.
Lo que Le Carré narró de forma apasionante, aquí está descrito de forma convencional, abusando hasta el mareo de la música. A pesar de ello, no te ocurre nada malo por verla y oírla hasta el final, aunque se te olvide rápido.
Una película agradable que logra entretenerme. Posee espontaneidad, frescura, pureza y gracia. No me ocurre nada malo por estar un par de horas en esta grata compañía.
La única virtud que le reconozco es su duración de 90 minutos. A pesar de que la pianista interpreta a Bach y a Mozart, se percibe que aquí solo predomina la monotonía, con un tono uniforme y una narrativa sin profundidad. Y efectivamente, esto es lo que se presenta.
Durante su muy largo metraje estoy exclusivamente concentrado en la belleza de las imágenes. Sin embargo, lo que narran no me conmueve; no siento la terrible odisea del protagonista.
Su lenguaje visual tiene vocación de estilo, los actores son muy convincentes, te los crees. (...) una película que, además de funcionar, resulta necesaria.
Una película que se ve sin fatiga, con cierto interés. Mi problema con ella es la repulsión que me inspira el personaje que la protagoniza y la complacencia que muestra hacia él su creador.