Un relato que navega con maestría entre la comedia romántica y el thriller, pasando por el slapstick y la comedia screwball, mostrando una energía y fluidez admirables. Necesitamos más películas de este tipo.
Rifkin’s Festival es un juguete amable, otoñal y melancólico que refleja la crisis creativa de Allen. Se presenta como una valiente y arriesgada autoconfesión.
La historia y el relato de la guionista no logran transmitir la fuerza dramática necesaria para que 'Bergman Island' se convierta en algo más que una tranquila excursión veraniega por los lugares icónicos del cine.
La escenografía resulta monótona, la planificación carece de estilo y tensión, y el desarrollo de la historia es irregular. Esto convierte el espectáculo en un fracaso formal que eclipsa los escasos momentos líricos que logran surgir de manera efímera.
Es una película que destaca por su autenticidad, mostrando momentos de talento genuino dentro de una propuesta modesta que se enfoca sinceramente en sus personajes sin caer en falsas pretensiones.
La primera media hora logra mantener el interés, pero después se extiende durante una hora y media con contenido que resulta excesivo y de calidad variable, asemejándose a una serie de sketches típicos de una sitcom en televisión.
Una obra realmente valiosa, muy desigual en su conjunto, pero capaz de radiografiar con enorme poderío lo más negro y atroz del patio trasero de la próspera y engañosa Europa.
Con un estilo de péplum de lujo y una estética kitsch que roza lo ridículo, la película parece estar siempre al borde del mal gusto. Su fracaso se acerca al absurdo, pero termina siendo simplemente suicida.
Una obra con una singular formalización visual y un sentido del humor difícil de captar se presenta con una personalidad única, sorprendiendo a aquellos que buscan un procedimiento convencional o un thriller local sin ambiciones adicionales.
Desde el inicio, la película parece atrapada en un terreno incierto, careciendo de sólidos fundamentos. Kurosawa presenta un filme que se siente rígido y que nunca logra definir su estilo, avanzando desorientado a lo largo de la proyección.
Es un rompecabezas fragmentario y esquivo, quizás la obra menos dominada entre las últimas suyas, pero también por eso, más abierta y de mayor implicación personal. Habrá que volver a ella con mucho mayor detenimiento.
No es una gran película, pero sí un film honesto que consigue adentrarse de manera tan incisiva como divertida en la trastienda más dolorosa del desamor cuando este se sufre desde la experiencia de la masculinidad herida.
Un autoexorcismo que combina momentos de humor y conmoción, alternando entre la ingenuidad y lo extraño. Es una película peculiar que podría convertirse en un clásico de culto.
Película de aspecto simple que logra ofrecer un análisis profundo sobre cómo los personajes de la ficción pueden influir y transformar nuestras emociones en la vida cotidiana.
Una película que, aunque no resulta particularmente amena, se siente sumamente sincera y coherente. La visión humanista, compasiva y solidaria del director brilla a través de su obra.
Una de las obras más sinceras del festival de Cannes 2022, que presenta una dualidad de oscuridad y luz. Su narrativa es desigual y desequilibrada, reflejando la complejidad de la vida, pero al mismo tiempo es generosa y profundamente conmovedora.
Una de las propuestas fílmicas más estimulantes y coherentes vistas en el festival San Sebastián 2018, logra representar el dolor trágico de lo inexplicable con un equilibrio admirable entre su forma y su contenido.
Una obra sólida y sincera que presenta una visión clara y directa, aunque carece de aspectos cinematográficos destacados y no aporta novedades significativas.