A pesar de una leve inclinación hacia lo caricaturesco, la película aborda con acierto el colorismo de los años ochenta y la música genérica que envuelve la angustia de unos jóvenes tan confundidos como los propios espectadores.
Furman decide mezclar elementos diferentes para ver qué resultado obtiene, aprovechando también su papel como productor. Continúa en la búsqueda de su propio estilo, que navega entre las influencias de Heisenberg y 'Narcos'.
Trapero, a través de normas reconocibles como el relato moral, la intriga criminal, la estética hollywoodiense y la banda sonora en inglés, ha logrado construir un ícono de la familia mafiosa argentina, comparable a los irlandeses e italianos.
McConaughey ofrece una profunda representación de la vida, muy distante de ‘Philadelphia’. Jean-Marc Vallée logra desprenderse de las tensiones morales y nos convence de que lo relevante no es la vida de Ron Woodroof, sino su odisea legal.
Metáfora colorista de toda una transición política, despliega el poder del entusiasmo hasta hacerlo contagioso. Combate con ingenio la amargura del recuerdo y pone de manifiesto que hay muchas formas de asumir seriedad y compromiso.
Alberto Rodríguez ha creado un verdadero milagro al presentar personajes universales que destacan gracias a un guión repleto de soluciones autóctonas impecables. Antonio de la Torre lidera el elenco con una actuación inconmensurable.
Perisic adopta la vía artística del Nuevo Cine Rumano para retratar esa desilusión creciente en una hipermetropía discreta y brillantemente plasmada que se enfoca en lo distante mientras ignora lo inmediato.
Supera los clichés gracias a los sutiles detalles que revelan el abismo entre Oriente y Occidente. Estos elementos no logran convertirse en metáfora del desarrollo de los personajes, pero añaden vitalidad a sus vidas.
Sin remilgos ni alardes, por un camino convencional pero efectivo, Zbanic busca transmitir esperanza. Sin embargo, antes opta por ser justa, colocando la cámara en la sala de cine del infierno.
Una elegía rural, dramón telefilmero con ínfulas y algunos toques de distinción cinematográfica. El mayor interés de este filme radica en observar a estas dos grandes damas de la interpretación.
Sutil, con gran manejo del fuera de campo, esta obra se aleja de la reivindicación nacionalista y se adentra en una profunda tristeza bien fundamentada. El trayecto de Vlada revela fragmentos de historias truncadas.
La mirada compasiva hacia lo balcánico de Dalibor Matanic se presenta de manera oportuna. Esta comprensión del director hacia los personajes se complementa adecuadamente con el ritmo narrativo.
Sin noticias del Atom Egoyan que deslumbró. Un drama judicial convencional, ajustado a las normas típicas del género televisivo y afectado por un elenco extraño.
Se aleja de la comedia superficial y no se adhiere a las convenciones del drama sentimentaloide. La película consigue un equilibrio complicado y logra un tono notable de eco social al prescindir de una moraleja.
La aventura prevalece sobre el desarrollo del personaje, y aunque el ritmo es vertiginoso y ocurren numerosos eventos, quizás en exceso, pronto comienza a caer en una repetición.
Va sorteando el eco de filme corporativo gracias a las imágenes de un camino lleno de sinsabores en el que las imágenes hablan más y mejor que algunos testimonios políticos algo manidos.