Alberto Rodríguez ha creado un verdadero milagro al presentar personajes universales que destacan gracias a un guión repleto de soluciones autóctonas impecables. Antonio de la Torre lidera el elenco con una actuación inconmensurable.
Perisic adopta la vía artística del Nuevo Cine Rumano para retratar esa desilusión creciente en una hipermetropía discreta y brillantemente plasmada que se enfoca en lo distante mientras ignora lo inmediato.
Supera los clichés gracias a los sutiles detalles que revelan el abismo entre Oriente y Occidente. Estos elementos no logran convertirse en metáfora del desarrollo de los personajes, pero añaden vitalidad a sus vidas.
Sin remilgos ni alardes, por un camino convencional pero efectivo, Zbanic busca transmitir esperanza. Sin embargo, antes opta por ser justa, colocando la cámara en la sala de cine del infierno.
Una elegía rural, dramón telefilmero con ínfulas y algunos toques de distinción cinematográfica. El mayor interés de este filme radica en observar a estas dos grandes damas de la interpretación.
Sutil, con gran manejo del fuera de campo, esta obra se aleja de la reivindicación nacionalista y se adentra en una profunda tristeza bien fundamentada. El trayecto de Vlada revela fragmentos de historias truncadas.
La mirada compasiva hacia lo balcánico de Dalibor Matanic se presenta de manera oportuna. Esta comprensión del director hacia los personajes se complementa adecuadamente con el ritmo narrativo.
Sin noticias del Atom Egoyan que deslumbró. Un drama judicial convencional, ajustado a las normas típicas del género televisivo y afectado por un elenco extraño.
Se aleja de la comedia superficial y no se adhiere a las convenciones del drama sentimentaloide. La película consigue un equilibrio complicado y logra un tono notable de eco social al prescindir de una moraleja.
La aventura prevalece sobre el desarrollo del personaje, y aunque el ritmo es vertiginoso y ocurren numerosos eventos, quizás en exceso, pronto comienza a caer en una repetición.
Va sorteando el eco de filme corporativo gracias a las imágenes de un camino lleno de sinsabores en el que las imágenes hablan más y mejor que algunos testimonios políticos algo manidos.
Tras un despegue complicado, el poder cómico de la pluma toma los mandos haciendo un equilibrio imposible entre el kitsch trasnochado y la genialidad. Cámara, Areces y Arévalo son auténticos Chicos Almodóvar, tres personajes que quedarán en la historia del cine español.
Una bella historia que nos hace sentir vivos. Tenemos la suerte de ver a La Ribot, una leyenda que deja su presencia única. Los minutos ante la cámara de esta dama siendo ella misma son un regalo.
No es un homenaje formal a la cultura del tango como el que presenciamos en el clásico de Saura y Storaro. Esta película ofrece una mirada curiosa sobre los tangueros, revelando una pasmosa pasión por el tango.