Ofrece una profunda reflexión sobre la progresiva transformación de la humanidad, reflejando las múltiples divisiones actuales que van desde el Brexit hasta la presidencia de Biden en Estados Unidos.
No profundiza especialmente en la psique humana, cayendo finalmente en una extraña tierra de nadie entre el intenso drama de personajes y la comedia negra como el azabache.
Técnicamente, es una maravilla del cine de época, una visión inmersiva de la vida rústica tan llena de autenticidad que puede inspirar a los espectadores más entusiastas a ponerse un sombrero folclórico.
Funciona a más niveles que el sociopolítico, ofreciendo un sofisticado thriller para adultos a la vez que explora la intensa dinámica psicológica de la relación entre Adam e Ibrahim. Un director inteligente y con estilo.
Con un elenco sobresaliente, presenta uno de los guiones más destacados del año y logra mantener la atención del espectador desde el principio hasta el final.
Su mayor reclamo es un Stephen Dorff en una faceta sorprendente. Aquellos que son amantes del cine de culto encontrarán irresistible su cautivadora estética.
Comienza siguiendo los clichés típicos del género, causando que parezca que se desarrollará de esa manera. Sin embargo, sorprendentemente se convierte en una experiencia mucho más asombrosa y extraña.
El compromiso de Beckermann de mantenerse al margen es digno de elogio, pero deja muchas cosas en manos del espectador. No obstante, es un noble esfuerzo para afrontar un tema espinoso.
La película de Jenkin genera la interesante impresión de que la verdadera historia está a punto de desarrollarse. Es desconcertante, pero a su vez, resulta inusualmente gratificante.
Su premisa es un puntazo, y hay mucho que disfrutar mientras Mark y Sam hablan en pentámetros yámbicos mientras vuelan balas, se estrellan aviones y descargan bazucas.