Fábula siniestra, una película que, además de no naufragar en su difícil apuesta formal, exhibe algunas de nuestras miserias más comunes sin quitarse el smiley de la cara.
Actrices extraordinarias, narración a plano por secuencia, precisión milimétrica. El verdadero terror siempre proviene de lo terrenal: la obsesión humana, ya sea impulsada por el amor o la fe.
Es una película divertida hasta el tuétano, de discurrir diáfano y hermosura visual, que, como ocurre con el buen cine para todas las edades, invita a repetirse una y otra vez según pasemos por cada fase de la vida.
El didactismo contagia el comprensible entusiasmo de asomarse a un mundo que se nos muestra palpable. Más de 120 años después, los Lumière siguen iluminando.
Schwochow presenta la película como una naturaleza muerta, reflejando su esencia de manera correcta pero insípida. Juri, con su actuación, aporta la energía que las imágenes carecen.
Que Todd Haynes dirija 'Wonderstruck' tras una carrera tan excepcional es realmente decepcionante. Después de 'Carol', el cineasta se ha aventurado en su trabajo más accesible y orientado al público en general.
Este insólito acercamiento a la figura de Al Capone es muy concreto. El planteamiento ya es radical, pero se dispara al infinito con Tom Hardy como Capone y una interpretación indescriptible en su arrojo.
Rodada con escaso presupuesto, 'Zeroville' se asemeja más a la expresión de las limitaciones de un estudiante que anhela mejorar que a una celebración del cine como agente transformador en nuestras vidas.
Michael Almereyda amplía la labor de Milgram (un apagado Peter Sarsgaard) tratando de evitar los clichés del biopic con un enfoque riguroso, aunque sin lograr verdaderas chispas de energía o ingenio.
Es encomiable el pulso para exponer los giros de guion más exagerados con tranquilidad, pero, como los protagonistas del filme aprenden, la conformidad no es la mejor salida. Ojalá Wang se aplicara lo mismo.
Quizás esa dulce mirada a un pasado feliz explique la falta de profundidad del filme y su carga melosa, pero es insuficiente para hacer justicia a Grahame. Insustancial recuerdo de una actriz alucinante.
Escenas largas, tan ruidosas como el propio espectáculo judicial, y donde la palabras son tan importantes como los gestos y el hecho de mirarse a la cara. Pura dialéctica expresiva de los códigos de honor.
Lie Kaas y Fares Fares han capturado a la perfección la esencia de sus personajes, ofreciéndonos un relato criminal que no duda en explorar lo más oscuro y problemático de la política.
La trama se desarrolla en un marco de previsibilidad, cayendo en los clichés típicos del guion y una realización poco sustancial por parte de Brad Anderson. Sin embargo, destaca el buen desempeño actoral tanto de los protagonistas como de los personajes secundarios.
Con toda la colección de tics esperable, como parlamentos reafirmantes, montajes dinámicos y un encadenado de hits musicales, Gaghan intenta emular a Scorsese, pero resulta ser más distante incluso de David O. Russell.