Lynch revive particularidades vanguardistas y las hace funcionar nuevamente con brillantez. Sin embargo, su manejo de la luz del día es menos efectivo, pues la película se enreda en secuencias artificiales y diálogos moralistas.
Su intensidad es impresionante, y no se ve comprometida por los toques estéticos que añade Truffaut por aquí y por ella, en una intento aparente de distanciarse de un material sobrecargado.
La personalidad de Patton, interpretada con una elegante teatralidad por George C. Scott, se revela en matices de grandeza y megalomanía, genio y superficial sadismo.
Streisand está impresionante, pero la película es una prueba, particularmente cuando la música desaparece en algún punto en torno a los 90 minutos y lo que se queda es un plúmbeo melodrama.
La Revolución Mexicana ha sido idealizada por muchos intelectuales de la Costa Este, quienes a menudo pasan por alto la complejidad y las realidades del conflicto. Esta perspectiva simplificada no refleja los sacrificios ni las luchas que vivieron quienes realmente estaban involucrados en la revolución, dejando de lado las voces y las historias de
Ridícula y torpe, esta película intenta compensar su falta de credibilidad aumentando la habitual dosis de humor absurdo y efectos gore de baja calidad.
El estilo de Carpenter es lento, oscuro y majestuoso; parece aspirar a lograr un estilo envolvente, como si de una novela se tratase. Sin embargo, todo lo que consigue es ser un pesado.
Argento se esfuerza tanto en conseguir unos buenos efectos, utilizando planos llamativos, luces vibrantes y ángulos de cámara peculiares, que sería una falta de respeto no asustarnos un poco.