La película se presenta como una sinfonía visual, donde la combinación de formas corporales y gestos genera un efecto de dinamismo y dramatismo que cautiva al espectador.
Visualmente es atractiva, sin embargo, los títeres carecen de flexibilidad y expresividad, lo que resta encanto a la película. Además, la banda sonora incluye voces que resultan molestas y sonidos poco agradables.
Donde la mayoría de directores contemporáneos estarían buscando la manera de demostrar su superioridad sobre el material, Schumacher busca la manera de hacer que funcione.
La situación se convierte rápidamente en una metáfora estática y bastante simple de cómo Estados Unidos ejerce su dominación sobre el alma alemana en la posguerra.
El contenido ha sido tan censurado que la dirección intensamente laboriosa de Richard Brooks se siente casi ridícula. Sin embargo, las actuaciones de Burl Ives y Judith Anderson logran captar la atención del espectador.
Excesivamente larga, acartonada y con tanto suspense como un anuncio de detergente, tiene una pequeña baza, Patty McCormack como la niña, pero eso es todo.
La película se siente extensa y en ocasiones es rígida, características propias de Mankiewicz. Es una obra con fallos, pero los excesos que presenta son tan intrigantes como sus delicados matices.