La estructura es un desastre, lo que en última instancia hace que sea difícil saber si sus cualidades extrañamente convincentes son el resultado de una estrategia artística coherente o el cínico descuido de un director marginado.
Aunque se ve debilitada por el habitual descuido de Spielberg para el desarrollo narrativo, la película alterna entre ternura y sarcasmo con suficiente sofisticación retórica para ser ciertamente irresistible.
Una película antibélica bellamente fotografiada y torpemente dirigida. No hay mucha rabia en ella; sus tonos predominantes son la pasividad, el masoquismo y una extraña complacencia.
Hay grandes momentos en la epopeya marxista de 1976 de Bernardo Bertolucci, pero el resultado final es ambiguo. Las caracterizaciones son difusas y la narración parece errática.
Ritchie a veces se esfuerza tanto por evitar los clichés de las películas familiares que termina cayendo en algunas vulgaridades innecesarias. Sin embargo, en líneas generales, esta es una de sus mejores obras.
Tiene un ingenio genuino, un sentido interesante de lo grandilocuente y muy poco de ese 'filosofar' manifiesto que arruinó gran parte de los trabajos anteriores de Huston.
Las actuaciones, vistosas e instintivas, son lo mejor de la película. El estilo visual es demasiado forzado e hinchado para dejar que el drama adquiera vida propia de forma natural.
Todo lo que era maravilloso en la película de Kurosawa, como el reclutamiento y entrenamiento de los mercenarios, aquí se convierte en una pérdida de tiempo. Sin embargo, el elenco, lleno de íconos, aporta significativamente.
Como dice su título, es un 'whopper': 201 minutos del ascenso de una familia texana a la fama y la fortuna. Gran parte de ello es espantoso, pero es casi imposible no dejarse llevar por su alcance narrativo.
Aldrich logra que los sorprendentes giros del guion funcionen, combinando violencia y un humor ingenioso de una forma que más tarde fue empleada por Leone.