Aunque la banda sonora en ocasiones flaquea, la puesta en escena de Vincente Minnelli no lo hace. Es fácil olvidar la historia y quedarse absorto ante las delicadas texturas de Minnelli.
La idea suena bien, pero el formato lastra la capacidad de Allen y le limita a repetir la misma broma una y otra vez. Una película gris e insignificante.
Buñuel utiliza imágenes freudianas, un humor provocador y un estilo de cámara sereno y lírico para lograr una de sus obras más complejas y completas, una película que continúa tanto molestando como cautivando.
Spencer Tracy interpreta a Clarence Darrow como un cascarrabias entrañable. Aunque su actuación resulta algo débil y dispersa, su ingenio agrega la única chispa en el oscuro y sombrío ambiente de la película.
Hay suficiente contenido autorreflexivo sobre la eterna lucha entre ilusión y realidad en el cine para estructurar una magnífica selección de números de la película. Es una celebración del movimiento como emoción.