La Marilyn poseída de Ana de Armas se ahoga en los mareantes excesos de esta reflexión sobre la celebridad. A pesar de ello, o quizás gracias a ello, es de visionado obligatorio.
Parece un proyecto que Sorkin ha moldeado para adaptar a sus intereses, más que un trabajo enraizado orgánicamente: y ese molde drena su carga emocional.
Su variedad de tonos es mucho más compleja de lo que la historia principal puede sugerir, navegando entre pasajes seductores y tristes, tiernos y crudos.
En manos del director George Clooney, el material tiene algunos encantos sucios, eso seguro. Pero va demasiado lejos desde el principio y pierde el rumbo pasando de lo oscuro a lo indigerible.
Un logrado matrimonio entre estilo y contenido. Haynes emplea hábilmente la artificialidad del género para examinar el racismo, la homosexualidad y los sacrificios de las mujeres en una sociedad de clase media.
Una película que resulta demasiado elegante para construir una fuerza sostenida. Sin embargo, el público interesado en la historia LGBTQ podría encontrar algunas cosas más atractivas.
Perversamente entretenida, una película inmensamente placentera que se deleita jugando con los géneros, con dos protagonistas absolutamente convincentes.
Liderada por las sensacionales actuaciones de Kaluuya y Stanfield, esta es una crónica vibrante de opresión y revolución, coacción y traición, que resulta más impactante porque sus temas siguen siendo de actualidad.
Un regalo íntimo de amor, rico en complejidad y espiritualidad, orgullo negro y coraje feminista. La música atemporal es, por supuesto, la fuerza galvanizadora, pero es la lucha personal lo que la hace tan emotiva.