Podría decirse que es la película americana sobre sexo de pago más grosera, divertida y disfrutablemente acrítica desde 'Boogie Nights', su obvia aunque considerablemente más oscura predecesora.
Con menos de cinco minutos en pantalla pero con más humor y actitud que el resto del reparto, Missy Elliott separa a la realeza del hip-hop de la gentuza en la deslucida 'Honey'.
El título parece sugerir una travesura escandalosa, pero a menos que te atraigan las constantes escenas de Bryan Cranston y Annette Bening riendo, la diversión resulta ser bastante débil.
Además de contar un capítulo ignominioso de la historia 'queer', también es un contemplativo estudio psicológico de los efectos del encarcelamiento y más allá de ello, es una original historia de amor.
Es la historia emotiva del heroísmo de una mujer, pero antes de llegar a ella tienes que aguantar un montón de crónicas insulsas sobre honor, orgullo y la guerra de los hombres. Lo que de alguna manera es una perpetuación del patriarcado.
Trabajo mucho más decoroso de lo que su título podría sugerir, es una elegante producción con un reparto de primera categoría, dividiendo la intriga de la historia con una emocionante veta de melodrama.
En sus ajetreados 15 primeros minutos, te invade el sentimiento de desolación de que estos chicos han visto 'Goodfellas' cien veces. Irremediablemente trillada.
Bien interpretada, estudiada con compasión y poco sorprendente. Nos encontramos ante un material bienintencionado que nunca trasciende su fórmula de 'película de la semana' para televisión e 'inspirada en hechos reales'.
Marca una decepción en las dotes narrativas de la consumada documentalista Liz Garbus, cuyo don para las historias cautivadoras basadas en hechos reales no se refleja en el vulgar guion de Michael Werwie.
Awkwafina es el centro de un reparto perfectamente ensamblado que reflexiona sobre las dinámicas familiares chinas, convirtiendo la conmovedora y amarga comedia de Lulu Wang en una agradable delicia.
Una obra sólida, directa y a la vieja usanza de espionaje, periodismo e intriga legal que funciona de manera interesante y clara, aunque le falta algo de brío estilístico.
¿Por qué, Dios, por qué? (...) Es una obra tediosa que no es capaz ni de tocar las teclas emocionales típicas de las películas más convencionales de manicomios.
Si vas a pedir al espectador que acompañe a tu protagonista a través de una confusa espiral de pérdidas de memoria, episodios paranoicos, cambios de humor, alucinaciones y fatiga, es generalmente una buena idea hacer que le importe a ella en primer lugar.
Sorprendentemente rigurosa, conmovedora y sorprendentemente intrigante, teniendo en cuenta que su resultado es tristemente evidente desde el principio, esta fascinante historia real calibrada de manera poco convencional hará que su visionado resulte atractivo en los festivales.