Prácticamente perfecta. Un musical encantador que recoge el testigo de la alabada obra original. Es una maravilla que sólo los cínicos podrán resistir.
Este cuento letárgico de miradas anhelantes y frustradas podría llamar la atención de las abuelas nostálgicas en los multicines japoneses, pero los demás probablemente la encontrarán un gran bostezo.
Thriller fuerte e inteligente, lo más sorprendente de esta audaz epopeya es que la lucha por el armamento atómico se convierte en un aspecto secundario ante la mordaz descripción del juego político.
Andra Day incendia la pantalla en su primer papel protagonista. Hay mucho que objetar en términos de localización y montaje, pero las interpretaciones musicales son el elemento que salva una película salvajemente irregular.
Un thriller tenso que te mantiene en vilo. Un entretenimiento sólido, a la antigua, que posee la integridad suficiente para contrarrestar el sentimentalismo del tramo final.
Ser paciente compensa en una épica que te atrapa, su acercamiento sigiloso tejido con inteligencia, elegancia y un equilibrio emotivo entre humanidad e indignación moral.
Una visión original de la reconciliación en la posguerra. Cuenta una historia inusual con elegancia y se ve reforzada por la agradable actuación de Moritz Bleibtreu.
El contundente regreso de Gibson es un violento drama sobre el pacifismo que acierta al combinar el horror con la honra. Vuelve a demostrar que es un potente contador de historias que sabe exactamente cuándo despertar tu atención.
En ocasiones, [Neruda] es más juguetona que reveladora, pero también es una reflexión bellamente realizada y valientemente idiosincrática sobre un gran artista cuyo compromiso político fue un anatema.
Esta atractiva producción tiene buenas intenciones, pero resulta aburrida y está saturada con una débil subtrama romántica que intenta aportar un calor emocional que nunca logra.
Hay una dulzura innegable. Pero la melancólica esperanza del filme en el futuro del cine y en su poder curativo acaba siendo demasiado autocomplaciente como para considerarse una expresión de fe colectiva.
Si bien la escritura rara vez está a la altura de su asombroso impacto visual, la afinidad que siente el director por su protagonista es contagiosa y agotadora.
Es más efectiva como retrato íntimo de una pérdida devastadora que como crónica de la creación de un activista. Pero tiene un arma poderosa en su arsenal en la interpretación cautivadora de Danielle Deadwyler.