Una combinación entretenida de efectos especiales impactantes, sutiles guiños a la película de Landis y sorpresivos instantes de terror que alteran el tono humorístico.
Desde la primera escena, que es realmente divertida, se percibe una clara sensación de propósito y cohesión creativa, algo poco frecuente en el cine británico contemporáneo. Las actuaciones son acertadas.
Si piensas mucho en ella, no se sostiene del todo. Sin embargo, Marshall logra mantener el interés al demostrar que su objetivo es ofrecer un entretenimiento bienintencionado, a pesar de contar con un presupuesto limitado.
A pesar de ciertos giros argumentales ingeniosos, el resultado final se siente artificial, al igual que los acentos estadounidenses de Pegg y McElhone.
La interpretación de Thewlis es poderosa y confiada, lo que refuerza la trama. La historia se despliega de manera inteligente, manteniendo al espectador involucrado en todo momento.
Una actuación sobresaliente de Skarsgard aporta una profunda emotividad y dignidad a la cinta, que se convierte en una conmovedora exploración de la lucha de un artista en un contexto totalitario.
Una suntuosa versión fílmica, que evoca el espectáculo original mientras que funciona como película en sí misma y está iluminada por una interpretación radiante y vocalmente lucida por la adolescente Emmy Rossum.
La formidable actuación de Peter Coyote no logra equilibrar un guion inconsistente y un tono que fluctúa entre la comedia exagerada y los elementos eróticos.
Una película sublime, ingeniosa, cruda y trascendental. Su mayor logro es que trata ideas abstractas sin exotizar el tema ni el entorno, ni aburrir a la audiencia.