Está concebida, sí, a fuerza de clichés (de la corrección política, del melodrama familiar, de la épica deportiva), pero lo hace sin pruritos ni prejuicios, profesando de forma orgullosa un clasicismo a esta altura ya casi demodé.
Una película tan fascinante por momentos como frustrante en otros, tan deslumbrante como irritante. Así de irregular es su resultado, de contradictorias son las sensaciones que produce.
Es un film que aborda los deseos y las represiones, así como los resentimientos, rencores y reconciliaciones. Las pasiones y locuras se entrelazan de manera sorprendente. Todo esto está construido con un lirismo visual excepcional que convierte a Davies en un cineasta inigualable e indispensable.
Fría, artificiosa y solemne, la película carece de química entre los protagonistas. Con una duración cercana a las tres horas, ofrece la oportunidad de admirar algunos planos virtuosos, pero poco más.
Una aquí casi irreconocible Viola Davis ofrece su potencia expresiva habitual, mientras que Boseman se despide con una interpretación deslumbrante, llena de matices.
La película está muy bien filmada, aunque en ciertos momentos se siente un leve toque de pintoresquismo. Sin embargo, esto no perturba ni disminuye los hallazgos centrales de una fábula que aborda el poder de la naturaleza y las miseria del ser humano.
Una fábula que apela a sentimientos que no están precisamente en boga en estos tiempos de individualismo, cinismo y cultura del odio. En ese sentido, resulta una bienvenida apelación a recuperar lo mejor y más noble del ser humano.
Lejos de la solemnidad del cine académico y del preciosismo del cine de qualité, la historia fluye con ligereza, humor, encanto y, al mismo tiempo, con furia a la hora de exponer los efectos del patriarcado.
Sin demasiadas sutilezas ni matices en sus planteos, resulta una denuncia obvia y recargada sobre el racismo, las diferencias de clase y -como antídoto- la posibilidad del amor en un entorno marcado por el odio y la violencia.
Por momentos, la película se adentra en el terreno del culebrón empalagoso, aunque su dirección y el elenco de renombre le otorgan un grado de prestigio.
Más allá de sus indudables atractivos visuales y de algunos hallazgos artísticos, esta incursión de Affleck como director, guionista y actor en el género de gánsteres está por debajo de las expectativas previas.