Lejos de la solemnidad del cine académico y del preciosismo del cine de qualité, la historia fluye con ligereza, humor, encanto y, al mismo tiempo, con furia a la hora de exponer los efectos del patriarcado.
Sin demasiadas sutilezas ni matices en sus planteos, resulta una denuncia obvia y recargada sobre el racismo, las diferencias de clase y -como antídoto- la posibilidad del amor en un entorno marcado por el odio y la violencia.
Por momentos, la película se adentra en el terreno del culebrón empalagoso, aunque su dirección y el elenco de renombre le otorgan un grado de prestigio.
Más allá de sus indudables atractivos visuales y de algunos hallazgos artísticos, esta incursión de Affleck como director, guionista y actor en el género de gánsteres está por debajo de las expectativas previas.
Un elenco a la medida de una película que recorre en poco más de dos horas buena parte de la historia estadounidense del siglo XX de la mano de un gran (y sabio) cineasta.
Un trabajo de gran belleza que reformula con inteligencia e ironía los tradicionales cuentos de hadas para generar así una doble empatía en niños pequeños y en sus acompañantes adultos.
La puesta en escena de Branagh es respetuosa y tradicional, al punto de sentirse algo pasada de moda. Sin embargo, las principales debilidades se evidencian en un elenco que reúne a intérpretes de diversos orígenes, generaciones y estilos.
Fincher, junto a su fotógrafo y diseñador, logra crear algo que va más allá de un simple ejercicio nostálgico en un esplendoroso blanco y negro. Es una película que, aunque no alcanza la categoría de obra maestra, se disfruta a lo largo de sus poco más de dos horas.
Sin caer en simbolismos torpes, se trata de un retrato contundente sobre la alienación, la represión (interna y externa), el miedo y la pérdida de la libertad.