Porque quiere ser demasiadas cosas a la vez o, peor, porque no sabe bien qué quiere ser 'Baywatch: Guardianes de la bahía' es una comedia intrascendente, efímera, rápidamente olvidable.
No importa la historia, no importan los personajes, no importa la verosimilitud, ni la justificación. Todo sea por generar adrenalina, impacto y velocidad.
Es un cúmulo de clichés y lugares comunes, pero al mismo tiempo tiene sus argumentos como para convencer al público amante de la velocidad y el vértigo.
Esta historia mínima, aparentemente simple, va descubriendo secretos y mentiras, múltiples pliegues, sin apelar jamás al sensacionalismo ni al golpe de efecto, la convierten en un film fascinante, atrapante y revelador.
Más allá de sus fórmulas en cuanto a ciertas estructuras y recursos narrativos, esta producción sueca consigue en buena parte de sus 6 episodios generar interés y plantear algunos cuestionamientos y debates.
Winograd hace maravillas con el material que tiene entre manos, creando una de esas películas que se disfrutan con una sonrisa constante y algunas risas ocasionales.
A pesar de que la película aborda ciertos temas de manera superficial y presenta algunas resoluciones algo bruscas y torpes, 'Arthur Rambo' cuenta con una relevancia indiscutible en la actualidad, especialmente en un contexto marcado por el auge del discurso del odio.
No hay banalización ni superficialidad a la hora de abordar el tema. Aunque por momentos apela a una moraleja aleccionadora un tanto evidente, la película se sostiene siempre en la sensibilidad y la convicción con que ha sido concebida.
Narrada con suma tensión e intensidad, la película maneja con ductilidad, inteligencia y rigor la doble faceta de la propuesta: por un lado, la más íntima, relacionada con las vivencias de los personajes, y por otro, una dimensión social que aborda el fanatismo, el racismo y la violencia.
Lo que podía haber sido un telefilm aleccionador y a puro golpe bajo se convierte en una más que digna y perturbadora película sobre conspiraciones y pactos de silencio.
Iñárritu va más allá de cualquier cuestionamiento con un esplendor visual y un notable dominio del lenguaje cinematográfico, evidenciado en sus virtuosos planos secuencia. Su categoría artística es algo que hoy en día pocos colegas pueden igualar.
Es precisamente ese dilema moral entre el beneficio individual y el colapso social, lo que genera una sensación incómoda y contradictoria en una película que expone, como pocas, el cinismo, la hipocresía y las miserias de Wall Street.