Película humilde como sus protagonistas, melancólica como los decadentes barrios porteños donde transcurre, solitaria como las rutas del Sur. Así es 'Mundo grúa', un excelente film.
Un cine político, urgente y combativo que recuerda por momentos al Laurent Cantet de 'Recursos humanos' y a algunos títulos de la filmografía del británico Ken Loach.
Un viaje sorprendente y revelador, que muestra con respeto y sin prejuicios el corazón de una sociedad y su idiosincrasia, aspectos que nos son completamente desconocidos.
Wang Bing, a través de su riguroso enfoque artístico y su profunda sensibilidad, nos ofrece una visión humana y humanista sobre la valiosa contribución de los jóvenes menos formados a la maquinaria china.
Entre anécdotas y recuerdos surgen historias que combinan elementos documentales y de ficción, resultando un relato encantador y entrañable en ciertos momentos, mientras que en otros se vuelve cruel y melancólico.
Es más arriesgada en su enfoque, aunque le falta ese atractivo masivo que tenía 'Las cinéphilas'. A pesar de eso, esta celebración de una épica oculta siempre resulta interesante y, en ocasiones, incluso cautivadora.
Un film que trata de manera evidente y muy sensacionalista temas como la venganza, la pena de muerte, la tortura y las atrocidades del sistema judicial.
La película carece de humor y agudeza, y la forma en que los directores tratan a sus personajes no me atrae. Aunque es una obra audaz que presenta numerosas búsquedas e ideas, muchas de ellas no concretan.
Una película que deja una sensación agradable, ideal para el público, con melodías que encantan y una historia de amor sencilla y pura, sin exageraciones ni ostentaciones.
La belleza de la naturaleza nordestina y la exploración del cine dentro del cine, junto con momentos de lirismo, convierten a 'Vientos de agosto' en una obra cinematográfica valiosa.
La ópera prima de Javier van de Couter se muestra prometedora, pero su mayor inconveniente radica en la preferencia por un discurso demasiado elocuente, lo que lleva a diálogos evidentes y una narrativa lineal que resalta en exceso las situaciones y conflictos.
A pesar de ciertos momentos de sobreactuación que parecen a veces más propios del teatro, la película logra captar el interés del espectador, destacando por su cuidada fotografía y un sonido excepcional, gracias al talento de Diego Poleri y Guido Beremblum.