El guion de Lerman, María Meira y Luciana de Mello tiende a deslizarse ocasionalmente hacia el voluntarismo, pero es lo suficientemente astuto como para evitar caer en esa trampa.
Un documental ejemplar que se destaca como una obra maestra del género de observación. Sus tres horas y media de duración son cuidadosamente elaboradas, evitando lo caprichoso y lo redundante, lo que permite al espectador sumergirse en una experiencia auténtica.
El realizador nunca opta por el fácil recurso del sermón: no encontramos aquí una crítica despiadada hacia las miserias de la clase media. Sin embargo, se presenta una descripción precisa de ciertos miedos y errores de este grupo. Con poca piedad, pero sin renunciar del todo a la posibilidad de la empatía.
La dupla construye un relato de encierro y pavor creciente, un relato juguetón que cruza el slasher con el cine de vampiros, aderezado con una buena dosis de sangre derramada y consumida.
A lo largo de 106 minutos que se sienten un poco excesivos, la película avanza a trompicones, con actuaciones intencionadamente deficientes y un ambiente de estilo trash que no logra crear un tono paródico efectivo.
No hay nada demasiado malo en el film. El tétrico diseño de los personajes es realmente efectivo, pero todo parece haber sido creado bajo la repetición de fórmulas, conceptos y tipos, con referencias culturales que resultan fáciles de identificar.
Abandonando de entrada el costado político de la extensa obra de George A. Romero, Zombieland se zambulle, desde el primer fotograma, en la más desembozada parodia del género, al que le suma sin pudores muchas de las ansias y frustraciones de la comedia teen.
Todo en la película es correcto, muy profesional, pero en el camino las posibilidades de sorprender son obturadas por un formato narrativo rígido que va devorando de a poco la frescura.
El éxito de Ninjababy se debe en gran parte a la actuación de Kristine Kujath Thorp, quien logra interpretar un personaje que es tanto irritante como entrañable al mismo tiempo.
A pesar de los excesos caricaturescos que Dumont incorpora de manera deliberada, no siempre de forma adecuada, se puede considerar que su última película ofrece una reflexión sobre la incapacidad del espectáculo noticioso para generar una empatía profunda y genuina.
Esta producción tiene el potencial para convertirse en uno de los grandes éxitos de la temporada 2019. No se trata únicamente de una comedia costumbrista, sino de un drama cómico que se inspira en los elementos típicos de las películas de robos.
'Planta permanente' es una obra inteligente que evita caer en un simple y predecible conflicto entre patrones y empleados. El filme incorpora elementos de fábula moral y presenta un humor ácido en momentos clave.
Aquí lo que prima, desde el primero hasta el último minuto, es un sentido de la comicidad delicado y absurdo, en una de las películas más disfrutables.
Lo mejor que tiene para ofrecer La intérprete son sus ligeros apuntes humanistas, la posibilidad incierta de una sanación –parcial, al menos– de las heridas infligidas por las generaciones pretéritas.
Assayas logró nuevamente transportar al espectador a otro de sus cuentos mentirosamente simples y directos, en un film que se permite coquetear con el absurdo en una escena y desnudar miedos y fragilidades humanas en el siguiente.
Más allá de algunos desvíos innecesarios del guión, la presencia de un reparto de experimentadas figuras logra que un producto crasamente industrial y cinematográficamente populista levante la cabeza por encima del agua y no se ahogue, aunque por poco.
Al mismo tiempo que la trama se espesa, el tema pierde un poco de fuerza y cualquier disquisición sobre la lucha feminista se ve superada en interés por los resortes del suspenso, una partida de ajedrez con movimientos de piezas algo previsibles.
Lo previsible en 'Mario on tour' no resta a su sensibilidad y buen ritmo. Este equilibrio es su principal logro, ya que el cine nacional que busca alcanzar un público amplio no siempre logra evitar la trampa de la ñoñez y la superficialidad.