Lo picaresco nunca logra dar paso a lo que se encuentra por debajo de la superficie, pero la película de Valsecchi tampoco busca ser más que un retrato costumbrista. En este sentido, es algo que se agradece.
La conocida soltura de Oscar Martínez otorga un peso significativo a un personaje con el que resulta difícil empatizar. La película muestra su mejor desempeño en la primera mitad, antes de que el humor se diluya y la historia caiga en la misantropía.
Aun dentro de una estructura algo repetitiva, la película consigue partir de un esquema conocido para desembarcar en un absurdo llevado al paroxismo. Buena parte de su efectividad se apoya en el trabajo de sus protagonistas, François Damiens y Vincent Macaigne.
Con aires de La dolce vita, el largometraje más ambicioso del realizador napolitano es un dilatado fresco que lleva al límite el barroquismo de sus obras anteriores y describe la actual fauna romana con una mezcla de sorna y simpatía.
Rodada con unos colores vibrantes que resaltan el aspecto más kitsch de sus personajes, Garrone presenta dos perspectivas: una compasiva y otra burlona. Esta relación de amor-odio se intensifica a medida que el protagonista pierde el contacto con la realidad.
De la Iglesia presenta una de sus obras más sobrias hasta el momento, casi como un manifiesto en contra de los problemas económicos que afectan a su país y a una parte de Europa. Sin embargo, en esta ocasión, eso no resulta ser algo positivo, sino más bien lo contrario.
Aunque la historia de dos hermanos que no se hablan desde hace tiempo y que vuelven a reunirse puede parecer cliché, en manos de la directora de 'Una novia errante' se transforma en una experiencia extraña, intensa y, en ciertos momentos, inquietante.
Entre la sátira y el grotesco, entre la burla y el escarnio, y con tantos blancos a la vista, la película termina apuntándoles a todos y a nadie al mismo tiempo.
Autoconsciente y en ocasiones decididamente inclinada hacia el absurdo paródico, la película protagonizada por Ryan Reynolds y Hugh Jackman se queda sin sus mejores gags demasiado pronto.
El realizador rumano demuestra una vez más su brutal honestidad y humor cáustico en esta película de múltiples matices, que refleja los efectos de las nuevas formas del capitalismo.
A Strickland le importan menos los sustos que la construcción de un clima crecientemente enrarecido, por momentos perverso, en otro definitivamente humorístico, siempre sorprendente.
Sufre de un efecto collage que va acentuándose con el correr de los minutos y las escenas, que comienzan a apilarse sin demasiado cuidado por la continuidad ni la lógica dramática.
Se nota que Jordan Peele busca subvertir los códigos del cine de terror, siguiendo la línea de John Carpenter o George Romero, como una forma de realizar sátira social.