Cumple a la perfección con esa idea de un «estilo internacional» o hollywoodense para narrar historias. Si bien tiene muchas particularidades que son inconfundibles, no estamos ante un film de autor de esos países.
Plantea un escenario interesante para desarrollar personajes pero de a poco va entrando en terrenos más previsibles y empujando las cuerdas más melodramáticas del relato de una manera que se siente demasiado forzada y fuera de tono.
Es un filme melancólico, triste, poético y por momentos bello acerca de la dificultad de crecer sabiéndose diferente a los demás y no poder hacer nada para evitar las humillaciones del caso.
Baigazin demuestra un gran control narrativo, una inteligente puesta en escena que deja muchas escenas clave fuera de campo o elididas, y un notable trabajo de todos los chicos actores.
Ofrece una mirada descarnada pero a la vez tierna y humanista. Con sutileza, inteligencia y una forma noble y cariñosa, logra evitar los clichés más previsibles de este tipo de historias de submundos.
Funciona como un curioso coming-of-age, una fusión de choque generacional con un drama de "vacaciones infernales" donde las tensiones inician en el ámbito laboral y sexual, y rápidamente escalan hacia la violencia. O al menos eso parece.
La secuela destaca por dos aspectos positivos: la introducción de nuevos y excelentes personajes, además de explorar una etapa más compleja en la vida de la protagonista. Esta profundidad la convierte en una experiencia aún más placentera que su predecesora.
Con dos muy buenas actuaciones de los protagonistas, la película de Louis-Seize presenta momentos encantadores y otros más clásicos del terror, aunque nunca lo hace desde la perspectiva del género.
La película se dedica, a veces de una manera narrativamente desorganizada y estilísticamente un tanto caótica pero siempre muy fresca, a mostrar una colección de momentos robados a la memoria.
Lo curioso, e inteligente, de 'Creatura', es que el recorrido logra escapar a lo estrictamente previsible en este tipo de retratos que tienen mucho de terapéutico.
Fremon Craig no intenta replicar el tono más ácido de su ópera prima, pero ambas comparten la notable autenticidad que logra extraer de sus personajes. Su película es cálida sin caer en lo sentimentaloide, inteligente sin ser pretenciosa.
Quebrada logra evitar caer en miserabilismos o en una crueldad innecesaria, algo que en ocasiones puede funcionar en festivales. La película nunca se vuelve sentimental; la emoción que transmite está más relacionada con la ira y la confusión que con otra sensación.
Es una celebración, un inicio y una despedida, un homenaje a un espíritu aventurero que está desapareciendo –consumido por las pantallas y la virtualidad– y, sobre todo, un viaje hacia una fiesta en la que la fiesta en realidad es el viaje.