La cámara desenfrenada y descontrolada, característica del cine de Williams, presenta en este cortometraje un elemento singular que modifica, para bien, la dirección de su obra.
Más allá de esas discutibles elecciones formales, el filme funciona como una nueva mirada de Lockhart a un universo ya explorado en filmes previos realizados.
Remite al juego infantil, con sus fondos falsos, su escenografía simple, sus trucos de prestidigitador de esquina, que logra hipnotizar al espectador con sus pases de magia.
Es una película imponente y con imágenes potentes. Pero narrativamente, Caballero presenta un delirio puro, con un tono casi lynchiano que en ocasiones resulta episódico y excesivamente casual.
En la descripción de este pequeño universo se va esta breve película hecha de imágenes sugerentes, personajes extraños, canciones y conversaciones por momentos muy curiosos.
Un filme notable, austero y riguroso que guarda una conexión con el cine de Lisandro Alonso, pero presenta un enfoque algo más experimental. Sin duda, destaca entre lo mejor de un excelente año para el cine inglés.
Alonso continúa impresionando por su habilidad para dominar y transformar el espacio físico a través de la profundidad de su perspectiva tridimensional.
Una película melancólica que incorpora elementos de comedia, funcionando también como un diario personal. Utiliza recursos del cine contemporáneo para narrar la trastienda de una historia llena de viajes y aventuras.