Estamos ante una película "de bailarines" que de alguna manera evade todos los clichés y estructuras repetidas, para ofrecer una elegancia hipnótica que se mantiene durante todo el metraje, (...) Como un buen espectáculo de danza, un deleite.
El resultado final es un híbrido poco inspirado de humor adulto y hormonas preadolescentes, que se extiende por dos horas y hace nostalgiar a la tropa de Seth Rogen. Aunque es cierto que se han cometido peores crímenes en nombre de la nostalgia.
La película es un relato cercano e incómodo, que no ofrece muchos matices sobre lo que está diciendo, y que tiene su mejor arma en las actuaciones y la simpleza para abordar aquello que es tan complejo. Honesta y muy humana hasta el final.
La película ofrece una buena dosis de humor y tensión deportiva, entrelazando momentos de emoción bien medidos, aunque carece de sorpresas impactantes. A pesar de esto, logra cumplir con su objetivo.
El inconveniente surge cuando las estrategias para provocar miedo se vuelven tan evidentes como las explosiones de ruido repentino y la edición repleta de efectos visuales que generan cansancio, incluso en el espectador más tolerante.
Con espíritu de telefilme y un protagonista que carece casi completamente de conflictos, los realizadores solo dan lugar a una única lectura posible: admirar a un santo que no es más que bondad, filantropía y humildad.
Todo tiene la profundidad y el carácter episódico de una sitcom. En sus mejores momentos saca sonrisas, y en sus peores dispara la vergüenza ajena a niveles explorados solo por Adam Sandler.
Con buenos momentos de inquietud, los cineastas apuntan demasiado alto y la mezcla indiscriminada sabotea lo que en ocasiones se sentía fresco y original.
El relato es tan extremo en su búsqueda de sufrimiento que el lugar común acaba por anular cualquier verosimilitud. Fuqua recurre a tantos golpes bajos que es imposible no rendirse ante la historia.
La serie se inclina hacia lo episódico en lugar de centrarse en un gran arco narrativo. Aun así, es una excelente fantasía disfrazada de drama adolescente. Además, refleja perfectamente la dualidad de su protagonista, combinando lo mejor de ambos géneros.
El resultado es altamente entretenido, pero irregular. La sensibilidad del blockbuster de superhéroes, vista a través del ojo de un quinceañero que acaba de descubrir el rock metal, es algo que no encaja con los caballeros de la mesa redonda.
Es cierto que la calidad no se mantiene alta a lo largo de toda la temporada, pero el hecho de haber alcanzado tales alturas convierte a 'La maldición de Hill House' en la mejor serie de televisión del año.
El resultado es un híbrido que no tiene nada nuevo que aportar, salvo reemplazar los voluminosos televisores cuadrados por pantallas planas y darles a los personajes tablets y smartphones.
Muy lejos de joyas del género como 'El orfanato' y con escasos buenos momentos, pero con un par de escenas de atmósfera trabajada que la salvan del fracaso absoluto.