Gillespie no es un maestro en el arte cinematográfico, sin embargo, logra ofrecer el pasajero deleite de una narración construida con destreza, orden y una aplicabilidad de efectos especiales que ya casi no se ve en las grandes producciones de la actualidad, dominadas por relatos de superhéroes.
Kraume se aleja de la glorificación heroica de la gesta para ofrecer una perspectiva interesante, aunque a ratos excesivamente meticulosa y fría, sobre las consecuencias del nazismo.
Difícil tomarse en serio a 'El mayordomo'. Difícil, porque al tercer o cuarto plano, aquel en el que se ven dos negros ahorcados en contrapicado, evidencia su construcción abyecta y de una corrección política casi hilarante.
Una historia elaborada a base de dosis mal amalgamadas de comedia histórica, buddy-movie, drama romántico y policial clásico, lo que da como resultado un todo con gusto apenas a algo.
Una crudeza que por momentos coquetea con el morbo, pues la francesa no es de esas directoras que apuestan por lo sugerido, sino que muestra todo en primer plano, como si quisiera impactar a como dé lugar.
Dos horas quedan cortísimas para una película que, antes que complementar lo previo, persigue el objetivo de abrir nuevos horizontes, como si se tratara de un extenso prólogo de una serie por venir.
El film del manchego, especie de memoria íntima, es una cumbre en su carrera. Película testamentaria, es producto de la madurez de un realizador que se sabe viejo y empieza a pensar sobre el fin de su carrera y su propia vida.
Un cuento de hadas donde todo parece posible, un drama romántico predecible y efímero con algunas pinceladas de humor. Una película de pura superficie que, sin embargo, llena los ojos.
Un atrapante recorrido por los límites de la cordura humana. Se trata de un relato de terror gótico realizado con oficio y conocimiento, con capacidad para asustar a través de las herramientas más nobles del cine.
'Green Book' hace de su transparencia el principal vínculo con el público. Su relato es predecible, pero fluido, presentando una perspectiva inocente y sin subrayados, lejos de una denuncia superficial y moralista.
El esteta Ritchie disipa rápidamente la faceta lúdica y efímera de la historia para optar por una narrativa más seria y convencional, evidenciando que el estilo por sí solo puede entretener momentáneamente, pero no es suficiente para crear una película de calidad.
Es tan simple y transparente en su estructura como conmovedor en sus resonancias. Una comedia graciosísima, a veces amarga y otras (muy) negra, pero siempre dueña de un humanismo innegociable.
Tiene una puesta en escena tan profesional como impersonal y una propuesta demasiado convencional que no ofrece una perspectiva interesante sobre el popular músico rosarino.
La película abunda en flashbacks, presenta potenciales sospechosos y escenas que cambian de significado en cuestión de minutos, lo que da lugar a un castillo de naipes que se construye, se desmorona y se reconstruye. La verosimilitud, lamentablemente, queda perjudicada.
Mixtura los ecos de una de las etapas más oscuras de la Argentina con la inocencia, ternura y el desconcierto de quien, como dice la directora en las notas, debe “crecer respetando silencios y sabiendo cosas que tal vez no debería conocer”.