Es la película nacional más emotiva en mucho, muchísimo tiempo. Esas ganas de moverle el corazón -antes que el cerebro- al espectador hacen de ella una bienvenida excepción en una cinematografía que suele abrazar la solemnidad.
Se erige como una propuesta simpática y atractiva, a la vez que un homenaje a un tiempo y a una forma de hacer y pensar el cine que se fue para ya nunca más volver.
El film de Muñoz se aparta del clásico trayecto de inicio, ascenso, superación de adversidades, apogeo y caída. En su lugar, ofrece un retrato melancólico con una estética clásica. La actuación de Natalia Oreiro es fundamental y destaca de manera impecable.
La enésima muestra de que la presencia de un grupo de actores y actrices con amplios pergaminos en el arte de la generación de risas ajenas es elemento fundamental, pero no suficiente, para una buena comedia.
Una película que es transparente en sus intenciones. Sin embargo, eso no oculta su automatismo y la percepción de que no hubo un notable esfuerzo en su producción. Esto puede explicar la falta de gracia y ritmo en la obra.
Una nueva versión que tiene poco y nada que ofrecer. Sería más efectiva 'Mortal Kombat' si nos limitáramos a sus escenas de acción. Golpes, patadas y algo de nostalgia, pero no mucho más.
El resultado es un policial incómodo, de un tono seco y tranquilo, que en su interior esconde un torturado núcleo de oscuridad. Una serie muy parecida a su protagonista.
Más allá de la indudable tensión y la precisión de ciertos diálogos, 'El paciente' resulta ser más atractivo como concepto que en su ejecución. Es difícil no considerar que la historia podría haber sido más efectiva en formato de largometraje.
Bettinelli-Olpin y Gillett logran interactuar con el concepto del género de manera fresca e irreverente. Su enfoque aporta una nueva perspectiva que revitaliza la narrativa, convirtiendo la experiencia en algo memorable.
Si 'El conjuro' se mantenía dentro de los carriles del verosímil interno, con su impronta setentosa y su atmósfera levemente enrarecida, aquí Wan vuela todos por los aires apostando a la fantasía y el gore más crudo y visceral.
Es, pues, un cabal ejemplo de ese tipo de películas que apuesta por una trama con innumerables giros pero desconfía de la inteligencia del espectador para seguirlos.
El director narra con buen pulso un thriller de detectives torturados y asesinos seriales, pero que esconde algunas manipulaciones no demasiado justificadas.
Llama la atención que a nadie –algún productor, asesor, colega, amigo o familiar– se le haya ocurrido avisarle a SIA que hacer una película es algo más que encadenar canciones.
No hay nada malo en construir una historia con fines pedagógicos. El inconveniente surge cuando esa elección oscurece el cuidado esencial que requieren las formas del relato; es decir, el cine se convierte en un mero vehículo en lugar de ser una auténtica expresión artística.