Visual y sonoramente impresionante, defensor del montaje frenético a toda costa, directo y exuberante, Bay presenta a sus personajes cortando y pegando imágenes con tal rapidez que impide cualquier intento de ubicación y comprensión de las escenas.
Adam Sandler y Drew Barrymore intentan brindar lo mejor de sí para dar vida a una comedia que sigue un enfoque conservador y presenta chistes que tienden a repetirse. En ciertos momentos logran cumplir con este objetivo.
Firth y Tucci brillan en esta sobria y contenida historia. Ambos se enmarcan en la mejor tradición británica, mostrando actuaciones que prestan atención a la cadencia de los diálogos y a la sutileza de la comunicación no verbal.
El resultado es un retrato sobre los vínculos, tan noble como desgarrador, un relato madurativo en el que los integrantes de esa familia aprenderán a convivir con la realidad que les toca.
Encuentra sus mejores momentos con el musculoso John Cena. Farrelly también se enreda estirando el relato mucho más de lo necesario, pero sigue teniendo la mira afinada para imaginar mil chistes motorizados por la estupidez.
Giralt le imprime el tono de una comedia amable y felizmente liviana aun cuando lo que se esté dirimiendo sea, quizás, la posibilidad del comienzo de algo nuevo.
Momoa comprende a la perfección el código de la saga, interpretando un villano memorable que combina altanería, megalomanía, cinismo, prepotencia y sarcasmo.
Funciona en la medida que lo hace la involuntaria complicidad, casi siempre amable, de quienes just pasaban por el rodaje, testigos directos de la energía infantiloide y la pulsión por el ridículo de esta comedia-bálsamo en tiempos pandémicos.
Con un espíritu que a veces evoca el cine de Hayao Miyazaki, la película navega con habilidad entre la aventura infanto-juvenil y un espacio de evasión.
Un film que parece dirigido por alguien que no tiene conexión con el mundo de los jubilados. Es complicado que alguien realmente disfrute de esta película.
La película mantiene el interés gracias al indiscutible talento del director alemán Marc Foster. Es un clásico de Disney: emotivo, con refrescantes dosis de humor y un cierre moralista en el que el protagonista adquiere valiosas lecciones.