Burr Steers otorga un giro inesperado a los personajes arquetípicos de Jane Austen, incorporándoles el estilo de guerreros ninja. Destaca la combinación de géneros como el terror, la comedia, la cursilería y la conspiranoia. Sin embargo, la película podría haberse adentrado aún más en estas temáticas.
Este desternillante falso documental retrata, a través de gags destructivos y una variedad de ideas impresionantes, el agotamiento cotidiano del vampirismo.
179 minutos de la más absoluta nada. El cenotafio que Ari Aster ha erigido no alcanza las tres horas porque deja al espectador ese minuto extra para reflexionar sobre cómo lo han engañado.
Estructura de comedia humana a lo Honoré de Balzac, Le Guay emplea la literatura clásica como un instrumento moral, tanto para narrar una historia de amor como para abordar la corrupción política.
Funciona y logra que nos olvidemos de su predecible estructura. Sin embargo, esto no se debe a un aprendizaje en el buenismo, sino a un metajuego sobre el lenguaje en el que Luchini brilla.
La película presenta una divertida y feroz crítica a la naturaleza humana: todos los personajes son egoístas, mezquinos y manipuladores. Su concepto de convivencia y armonía se convierte en la mejor burla de todas.
Las partes cómicas no logran mejorar el remake en comparación con su predecesor, que ya era algo flojo. La intención de tocar el lado emocional a través del lagrimal tampoco resulta efectiva.
Calbérac juega de manera brillante con el intercambio constante de roles entre los personajes, explorando la vida y sus etapas como un juego de madura inmadurez.
'Las sillas musicales' encuentra su lugar en la agridulce descripción de la crisis sentimental de los treintañeros y de la soledad en las grandes ciudades.
No anda muy alejado 'El hombre más enfadado de Brooklyn' de modelos más Preston Sturges que Frank Capra: el cinismo batalla todo el metraje de la película con el buenrrollismo.
Las peripecias de este funcionario necrológico están a la altura de Vittorio De Sica y Alberto Lattuada. Lo mejor es que Eddie Marsan finalmente tiene un papel protagónico destacado. Sin embargo, la dirección podría tener más fuerza.
Vernoux ofrece una elegancia acompañada de atrevidas decisiones en la puesta en escena, creando la misma clásica película francesa que siempre logra cautivar.
Parece iniciarse como una irónica comedia sobre la crisis económica para acabar asentándose en el drama, y haciéndolo todo con una elegancia formal digna de elogio.
Una curiosa mezcla que sorprende en muchos aspectos. Destaca su tono de comedia al estilo italiano, que logra sacar sonrisas en los momentos adecuados. Sin embargo, las canciones no logran integrarse completamente con el resto del metraje, lo que debilita la cohesión de la obra.
Logra el milagro, tan insólito en los productores Made in Spain, de que humor, patetismo y melodrama fluyan por un mismo cauce sin apenas arritmias, o las perdonables de un debut. Lo mejor: el reparto.