La otra misión de Roland Joffé deja la impresión de que su autor avanza con cautela, sopesando lo que desea transmitir con tanto cuidado que la técnica termina por eclipsar el sentimiento.
Este thriller médico al estilo de Robin Cook presenta una narrativa algo efectista, lo que hace que el intenso drama se diluya. La rutina y un simple error de enfoque impiden que el espectador sienta la emoción esperada.
El resultado narrativo es irreprochable, con un tono documental que evita la reiteración. En raras ocasiones se logran productos tan apasionantes, entretenidos y, en definitiva, bien contados.
No es fácil resumir una vida en una película. Esta es larga, pero no logra abarcar todo lo necesario, especialmente porque Olivier Dahan, en su ambición, se enfoca en sus años de infancia, que son los únicos de paz y felicidad.
La película le debe todo a Valérie Lemercier. Es divertida y está llena de amor y música. La banda sonora se integra perfectamente con el guion, como en un musical.
Retrato mustio. La esforzada fotografía no suple las debilidades de la estructura del guion. Teatral y trascendente, la puesta en escena tampoco ayuda a insuflar vida en un relato deslavazado.
Pasen y vean, disfruten en familia, porque esto también es cine, quizá el más puro y primitivo, el que costaba un níquel y no se daba ínfulas artísticas.
El maestro Wajda no duda en mostrar el perfil menos fotogénico del fundador de Solidaridad, pero también el pícaro y el noble y, sobre todo, el humano.
El espectador se sumerge en aquella época y, por lo general, se la cree. El mayor y casi único peligro acecha desde el tono de la cinta, entre surrealista y fantástico.
A la película le falta desarrollo; el triángulo amoroso no logra generar la tensión necesaria, ya sea que se resuelva o no. Además, el debate sobre la moralidad del artista resulta tan insuficiente como reiterativo.
Gala Évora es una obra faraónica. Se trata de una película inteligente y equilibrada, cuyas virtudes resplandecen aún más gracias a la brillantez que emana Gala Évora.
Interpretación sublime. Sin parecerse demasiado al ex presidente, Michel Bouquet asimila de forma colosal su papel, hasta el punto de que el espectador recordará ya para siempre a Mitterrand bajo los rasgos hastiados del actor.
Un viaje ligero para disfrutar sin complicaciones. Se trata de una comedia romántica predecible que ofrece exactamente lo que se espera de ella. El espectador tendrá la oportunidad de volver a ver a dos estrellas en acción.
Le sobra, o lo parece, ambición comercial y unos modos copiados de otras latitudes. A su favor, es una comedia de enredo fácil de ver y con personajes que no cuesta querer.