La visión de una Nueva York alejada de las postales clásicas y el buen tono que Klapisch impone hacen que el filme, a pesar de sus concesiones, se convierta en una historia amable, claramente actual y, sobre todo, agradable.
Hay ciertos momentos divertidos, algún intento de emotividad y está el atractivo de la presencia de las estrellas, aunque nada es muy novedoso y el convencionalismo abunda.
Un film que cuenta con todos los elementos necesarios para alcanzar el éxito popular. Hace reír, entretiene, emociona y distrae. Su historia, tanto complaciente como divertida, se enriquece con la química contagiosa de un par de actores excepcionales.
Julia Solomonoff no emite juicios ni cede a lo sentimental: expone la historia con la delicadeza, la discreción y el vigor de una narradora segura de su oficio y con la sensibilidad alerta para percibir la elocuencia de los pequeños detalles.
El compromiso de Brenda Blethyn con su personaje es total: gestos mínimos le alcanzan para transmitir el conflicto interno entre la irracionalidad de su prejuicio y su recelo ante lo desconocido.
Un film que no aspira a la agudeza de Jaoui-Bacri ni logra evitar ciertos desequilibrios, pero que, gracias a su ritmo constante y a las espléndidas actuaciones, resulta agradable de visualizar.
Es un verdadero festival de equívocos. La historia es tan desvaída y tan carente de ingenio que encontrar un chiste eficaz en los diálogos en la hora y media de película es empresa ilusoria.
Si hay algo que se puede reconocer en el director de Casi famosos es su capacidad para manejar el desborde de la historia, aunque esto no implica que haya logrado evitar los clichés.
Clásico en su estilo, refinado en lo visual, admirablemente interpretado, el de Troell es un film sereno, que sugiere calladamente el conflicto entre el sacrificio y la realización personal.