La construcción del guión presenta múltiples fallos y los personajes se quedan en la superficialidad de una fórmula predecible, a pesar de los esfuerzos de Eastwood, Amy Adams y Justin Timberlake.
No contar con el detallismo obsesivo de Visconti no le impide a Martone pintar un convincente cuadro de la Italia del ochocientos. Visualmente cautivante.
En la segunda parte, el relato cobra vida y emoción, dominando todo el tramo final, el cual es abordado por la realizadora con una delicadeza singular.
Es como una carta al amigo que sigue merodeando por todos los rincones de Cinecittà. Una carta entrañable, generosa en ilustraciones con el trazo admirable de Ettore Scola.
Un vistoso diseño de producción y el alto presupuesto invertido en él es todo lo que queda como atractivo del film, ya que no lo hay en la concepción de la historia contada sin mayor vuelo.
El film avanza a una rápida velocidad, dejando que las explicaciones se revelen gradualmente a lo largo de la narrativa, lo que nos invita a disfrutar de una aventura intrigante.
El tono que impone el director debutante John Michael McDonagh, acompañado por un diseño de producción, fotografía y edición excepcionales, seguramente motivó a cada miembro del elenco a comprometerse plenamente con su actuación.
Que las flatulencias sean un elemento central de esa presencia indeseada deja en claro el tipo de "humor" que exhiben los guionistas y el director Mike Tiddes.
En la película hay un poco de todo: una casa embrujada, un juego de ouija para comunicarse con el más allá, oscuros secretos familiares y trampas que generan más risas que miedo.