Un film noble en sus propósitos. Aun con sus limitaciones, el melodrama no deja demasiado espacio para que el film ilustre claramente sobre las reacciones que Omalu despertó en la industria deportiva.
Como ya es habitual, Cate Blanchett es el motor que le transmite su vigoroso empuje. Algo más pálido se ve el personaje de Redford, más por el tratamiento del guión que por falta de compromiso del actor.
A medida que avanza la acción, se hacen más evidentes las simplificaciones, los estereotipos, los lugares comunes y las forzadas apelaciones a la emoción que utilizan el guionista, el director y el compositor.
La lineal historia no aburre, lo cual, habida cuenta de la superficialidad de la pintura de los personajes y de la tensión discontinua, no carece de mérito.
Llama la atención sus valores cinematográficos, el encanto y la inteligencia de su historia, la naturalidad con que desliza sus observaciones sobre la rutina diaria y la sutil delicadeza con que filtra sus pinceladas tenuemente críticas.
Un proyecto ambicioso por la complejidad de su realización, pero bastante sencillo en su propuesta narrativa y en su exaltación de los sentimientos familiares y del sentido de solidaridad.
Solo el admirable oficio de Anthony Hopkins y la convicción del resto del elenco hacen que las escenas clave del cuento exhiban cierta potencia. Lo demás es rutina, quizás más vistosa, pero rutina al fin.
El atractivo no está en un tema ya explotado ni en la intriga por la resolución de un enigma que no hay, sino en la tensión creciente de una febril carrera contra reloj.
El film no avanza demasiado en el arduo asunto de la moral en tiempos de guerra, pero reproduce los hechos sin excesos ni sentimentalismos aun en los tramos finales, cuando cobra más intensidad emocional.
La construcción del guión presenta múltiples fallos y los personajes se quedan en la superficialidad de una fórmula predecible, a pesar de los esfuerzos de Eastwood, Amy Adams y Justin Timberlake.
No contar con el detallismo obsesivo de Visconti no le impide a Martone pintar un convincente cuadro de la Italia del ochocientos. Visualmente cautivante.
En la segunda parte, el relato cobra vida y emoción, dominando todo el tramo final, el cual es abordado por la realizadora con una delicadeza singular.
Es como una carta al amigo que sigue merodeando por todos los rincones de Cinecittà. Una carta entrañable, generosa en ilustraciones con el trazo admirable de Ettore Scola.