El tono que impone el director debutante John Michael McDonagh, acompañado por un diseño de producción, fotografía y edición excepcionales, seguramente motivó a cada miembro del elenco a comprometerse plenamente con su actuación.
Están ahí todas las marcas llamativas del modelo Ritchie: el tiempo de la acción, que es administrada en ráfagas, la combinación de vértigo y humor, los bruscos cambios de velocidad, la abundancia de planos detalle y la cámara lenta.
Que las flatulencias sean un elemento central de esa presencia indeseada deja en claro el tipo de "humor" que exhiben los guionistas y el director Mike Tiddes.
En la película hay un poco de todo: una casa embrujada, un juego de ouija para comunicarse con el más allá, oscuros secretos familiares y trampas que generan más risas que miedo.
Buozyte aprovecha a los personajes para explorar el sexo y el deseo a través de escenas provocativas y embriagadoras, que a menudo resultan complejas de interpretar, pero que poseen una enorme carga sugestiva.
La adaptación respeta con gran fidelidad la estructura del libro, reflejando de manera efectiva una sociedad clasista. Más allá de delinear sus evidentes contrastes, también introduce observaciones que revelan un ligero espíritu crítico en varios de los personajes.
Largometraje que puede ser electrizante mientras desarrolla el dramático proceso de aprendizaje, alcanzar en más de un tramo el nervio y la tensión de un thriller, encender la emoción y sortear los estereotipos del género que acechan en la historia.
El director debutante busca abordar el tema de manera seria, sin descuidar el ingenio, al mismo tiempo que entrelaza elementos de la comedia romántica.
La torpe adaptación y el lenguaje gélido y escasamente riguroso de la directora Emily Young, que no consigue convertir a personajes que son puro cliché en seres humanos reconocibles, echan a perder cuanto podía haber de sustancia dramática en la historia.
Son 130 minutos especialmente recomendables para los adictos a la superacción y en especial a los films de esta serie. Más allá del considerable exceso de metraje, los demás podrán entretenerse si disfrutan del vértigo constante.
Lo que más llama la atención en un film de este carácter es que en los 100 minutos de proyección no asome ningún plato que resulte tentador para el espectador.