Buenos gags, nulo miedo a la incorrección, la trama va dirigida a un público que no se asusta de la hipocresía de la cancelación, en medio de una crisis del humor por la corrección política, es más que refrescante.
Hollywood ha establecido una tendencia de transformar series televisivas en películas con el fin de atraer a un público que disfruta de la nostalgia. 'Baywatch: Guardianes de la bahía' parece dirigirse a un público ya predispuesto, aunque su éxito podría ser limitado.
La trama parece simple, pero el filme, a pesar de una narrativa aparentemente sencilla, resulta impactante. Los personajes se sumergen en un profundo sentido de humanidad y ternura.
El filme resulta tan superficial que carece de intenciones maliciosas. La historia, aunque podría haber sido interesante, se ve opacada por la frialdad inglesa, que se convierte en una comedia excesivamente sentimental.
Se inicia en el exterior dentro del género gangsteril, con persecución del gato y el ratón de por medio, pero en el fondo es un western crepuscular conmovedor y cínico sobre la melancolía de la libertad.
Funde en torno a una cámara, protagonista del relato y en planos abiertos, una historia bélica, con matices de western. De irreprochable técnica y manejo de la trama.
Un regodeo estilístico con fotografía de Emmanuel Lubezky, que nunca propone nada al género y es una mera representación sobre una ficción de lo que Jesucristo hizo en el desierto.
Es un filme de trascendencia, porque cualquier obra aún con los bemoles de un maestro como Ridley Scott, siempre estará muy por encima de cualquier manufacturero de los que hay ahora.
Bradley Cooper brilla con un papel destacado y su actuación es impresionante. Sin embargo, parece que deja de lado el conjunto de la obra. Esto no es lo que se espera de un artista genuino.
Es un filme de rebeldía. Deconstruye personajes históricos, para hacer una valiente metáfora sobre la libertad y la rebeldía. De lo mejor que se ha visto en fechas recientes.
Testimonio de memoria audiovisual de la azarosa vida de Val Kilmer, el dolor se convierte en humanidad, ironía, cinismo y vulnerabilidad que el espectador ve con cierto gusto culposo.
La película es una fuerte reflexión de lo que sucede en un país cuando se atenta contra la libertad de expresión. Sobre todo si el golpe llega desde las alturas del poder.