Los Taviani destacan anécdotas intrigantes y emotivas que giran en torno a pequeñas acciones heroicas, dilemas éticos y la brutalidad del fascismo. Su enfoque combina una estética visual rústica al estilo de Roberto Rossellini con una poderosa plasticidad gráfica.
Está esa manera única, intransferible, de lidiar con aspectos crueles, al que no le faltan enormes dosis de ternura, toques de humor absurdo, y una especial simpatía por la nerditud cuando no está desprovista de corazón y sinceridad.
La película resulta bastante entretenida, pero presenta dos problemas significativos que afectan su calidad. El primero es la poca credibilidad en la transformación de Kya, quien acaba siendo una joven sorprendentemente pulcra. El segundo se relaciona con el uso excesivo de música emotiva, que se encuentra en gran parte del filme.
Es el tipo de documento que desearía disponer cualquiera que fuera a hacer una reconstitución de época en una ficción sobre hechos pasados. (...) Es como estar ahí, una presencia real (falsa) dentro de la distancia y ajenidad casi imposible de esas imágenes (verdaderas).
La película está filmada con una elegante discreción y sorprende constantemente al interrumpir las escenas de manera abrupta, dejando ciertos asuntos sin resolver.
El estilo se asemeja al de la anterior película del director, 'Ida' (2013). La fotografía, también de Łukasz Żal, es lo más impresionante que he visto este año, destacando por su blanco y negro con una latitud excepcional.
Aquí todo es serio y ampuloso, como si Anderson intentara abordar uno de esos dilemas morales al estilo de Lars von Trier, pero sin la profundidad necesaria, dejando de lado la comedia que podría haber desarrollado.
El placer victorioso que transmite la película es aún más intenso, ya que no parece falsear de manera significativa los hechos ocurridos. Algunas de las situaciones que parecen más fantasiosas y propias del cine son, en realidad, auténticas.
No encontraron la manera de superar el carácter desviado de un proyecto que comenzó con una idea y terminó siendo otra. La narrativa resulta ser un verdadero caos.
'Dolor y gloria' es tan profundamente emotiva y toca elementos sensibles con los que muchas personas pueden identificarse, que resulta difícil creer que sea una obra de ficción.
Además de ser visualmente hermosa, la película maneja esas ideas de manera muy ingeniosa. Cada canción está diseñada en un estilo único que refleja una situación claramente diferenciada.
Esto es Hollywood en su mejor expresión. Mortensen es increíble. Su actuación, así como la del formidable Mahershala Ali, cuenta entre los muchos atractivos de esta película deliciosa.
La realización es sensacional, con muchos de los mejores toques de comedia que se hayan visto en el cine reciente, un trabajo de maquillaje espectacular, además de grandes actuaciones de todos los integrantes del reparto.
Es una biopic que tiene que inventar recursos para crear, en forma forzada, una curva dramática a partir de una serie de eventos que no encajan en la cohesión que se espera del cine clásico.
Uno de esos dramas personales centrados en artistas famosos del pasado. Es raro ver ese esquema aplicado a Jean-Luc Godard, porque sus opciones estético-ideológicas son ajenas a las premisas de fetichización romántica aburguesada que están en la base misma de ese tipo de biopics.
Es medio raro ver a Larraín ser el catalizador de una obra acrítica, que potencia símbolos patrióticos de grandeza estadounidense. Ojalá que haya sido sólo un breve acto de hipocresía, a fin de ganarse un lugar y de obtener recursos para hacer otro tipo de cosas.