La película está filmada con una elegante discreción y sorprende constantemente al interrumpir las escenas de manera abrupta, dejando ciertos asuntos sin resolver.
El estilo se asemeja al de la anterior película del director, 'Ida' (2013). La fotografía, también de Łukasz Żal, es lo más impresionante que he visto este año, destacando por su blanco y negro con una latitud excepcional.
Aquí todo es serio y ampuloso, como si Anderson intentara abordar uno de esos dilemas morales al estilo de Lars von Trier, pero sin la profundidad necesaria, dejando de lado la comedia que podría haber desarrollado.
El placer victorioso que transmite la película es aún más intenso, ya que no parece falsear de manera significativa los hechos ocurridos. Algunas de las situaciones que parecen más fantasiosas y propias del cine son, en realidad, auténticas.
No encontraron la manera de superar el carácter desviado de un proyecto que comenzó con una idea y terminó siendo otra. La narrativa resulta ser un verdadero caos.
'Dolor y gloria' es tan profundamente emotiva y toca elementos sensibles con los que muchas personas pueden identificarse, que resulta difícil creer que sea una obra de ficción.
Además de ser visualmente hermosa, la película maneja esas ideas de manera muy ingeniosa. Cada canción está diseñada en un estilo único que refleja una situación claramente diferenciada.
Esto es Hollywood en su mejor expresión. Mortensen es increíble. Su actuación, así como la del formidable Mahershala Ali, cuenta entre los muchos atractivos de esta película deliciosa.
La realización es sensacional, con muchos de los mejores toques de comedia que se hayan visto en el cine reciente, un trabajo de maquillaje espectacular, además de grandes actuaciones de todos los integrantes del reparto.
Es una biopic que tiene que inventar recursos para crear, en forma forzada, una curva dramática a partir de una serie de eventos que no encajan en la cohesión que se espera del cine clásico.
Es medio raro ver a Larraín ser el catalizador de una obra acrítica, que potencia símbolos patrióticos de grandeza estadounidense. Ojalá que haya sido sólo un breve acto de hipocresía, a fin de ganarse un lugar y de obtener recursos para hacer otro tipo de cosas.
Hay buenos parlamentos, pero están perdidos entre una mayoría de diálogos bastante pobres. El tratamiento agrega un sentimentalismo desparramado que recuerda cierto cine asiático.
La película es valiosa por su contenido y está elaborada con gran habilidad. La supervisión de montaje a cargo del uruguayo Fernando Epstein aporta una garantía de fluidez y coherencia.