Es posible que 'El rey del Once' sea la mejor película de Daniel Burman. La más personal, la menos mainstream, la más misteriosa y autosuficiente de todas, la menos dependiente de la presencia de alguna estrella.
Consigue cumplir efectivamente con varias reglas de las películas de encuentros y desencuentros amorosos. Y a pesar de sus virtudes termina ateniéndose demasiado a esos mismos esquemas.
El apóstata integra un relato que, aunque realista, se distingue por un sutil tono de sátira kafkiana, recordando a obras como La audiencia de Marco Ferreri, y lo contrasta con elementos del surrealismo.
Ricki and the Flash convierte a Streep en la figura central de una transformación final bien elaborada, pero presentada de manera intencionadamente desordenada. En esencia, se asemeja a un musical clásico, pero con un toque descuidado propio del cine independiente.
Spike Jonze ha dado la batalla y aunque no es seguro que la haya ganado del todo, las armas puestas en juego son genuinas y coherentes. Productivas, en el sentido de que producen cosas en el espectador.
Además de su virtuosa fotografía, son tan extraordinarias todas las actuaciones de 'Nebraska', desde la de Bruce Dern como ese viejo testarudo hasta la del último granjero que aparece por allí, que las palabras quedan chicas.
Lo raro de 'Blue Jasmine' es que no esté acreditada como versión de 'Un tranvía llamado Deseo', ya que se trata de la misma historia. Pero eso no impide que el viejo y querido Woody embarque a los espectadores en su mejor obra en varios años.
La competencia, el deporte y el espectáculo establecen el tono de esta película, lo cual podría parecer poco original. Sin embargo, la verdadera esencia de la historia radica en sus personajes, quienes trascienden el concepto de ficción y parecen ser individuos con vida propia.
La película se presenta como conservadora no solo por su enfoque apaciguador frente a los conflictos familiares, sino también por la timidez de su arco dramático, limitado por un guión que actúa como una malla de contención.
En lo que el film uruguayo 'La culpa del cordero' difiere radicalmente de las telenovelas es en su tono y registro dramático. La película, escrita y dirigida por Gabriel Drak, presenta una estética burguesa en lugar de una más populista.
No es del todo hierática ni completamente cómica. Hay elementos de hieratismo y comicidad, pero también se exploran la tristeza, la pérdida, el desconcierto y el malestar. Se incluye el sexo en primer plano, momentos de locura adolescente, enamoramientos apasionados, situaciones absurdas y redescubrimientos tardíos.
El tono de la película es confuso; comienza con una música de acción que parece fuera de lugar, luego se transforma en una comedia desenfadada y, finalmente, parece inclinarse hacia el melodrama familiar.
Inconfundible danza coral hecha de pecados, sospechas, ansiedades y crímenes, el nuevo Woody vuelve a Londres, una de sus ciudades de cabecera en los últimos años.
Mihaileanu intenta nuevamente combinar comicidad y tragedia, picaresca e historia, absurdo y sentimentalismo. Sin embargo, esta vez no logra hacerlo de manera efectiva.
La película chilena muestra una excelente precisión narrativa y actuaciones bien logradas, aunque en su intento de complacer al público, omite ciertos aspectos que podrían haber sido explorados más a fondo.
Lejos de ser la comedia romántica que sugiere el título en castellano, la película gira alrededor de las ambiciones personales y la ruptura de lazos sociales. El director evita los guiños más obvios, pero sucumbe a la tentación condenatoria, con moraleja incluida.