Es una película extraña. Correcta en su embrionaria exposición y medianamente creíble por las decisiones que toma una mujer en situaciones límites, pero excedida en la construcción de un imaginario social que pide a gritos cuerpos perfectos.
Mr. Kaplan presenta momentos interesantes, pero su ambición provoca que la película transite entre la comedia, el drama, el costumbrismo y la sátira, lo que genera un relato desarticulado, con excesivos altibajos.
Es una coctelera emocional con varios cambios de registro que por momentos desconcierta, pero que al final arroja un balance favorable, más allá de una historia de amor marcada por la tragedia y los golpes bajos.
Una búsqueda eficiente y rápida, que abunda en los lugares comunes, fuerza el verosímil y precipita un final convencional que desmerece el buen timing del resto del relato.
La cuarta entrega de la saga continúa en la misma línea que sus antecesoras, ofreciendo abundantes dosis de humor negro, asesinatos de adolescentes y diálogos ingeniosos. Además, incluye referencias a otras películas y presenta nuevas reglas que le aportan un aire contemporáneo.
La película se deleita en las excursiones antropológicas hacia esa región desconocida del país, mientras que explora de manera ingeniosa un fenómeno que, gracias a la literatura popular y un cine de calidad, se vuelve irresistible para el público global.
Sienta dignamente las bases de la precuela y como todo buen adelanto, incita la curiosidad del espectador sobre qué pasará en las siguientes entregas. Nada mal para una saga que en poco más de 30 años parecía que había dado todo de sí.
La película de González Iñárritu ofrece su perspectiva del mundo, pero lo hace de forma exagerada, con subrayados innecesarios y una supuesta profundidad que se siente más como ruido que como sustancia.
Aunque el elenco cumple con su papel, Hopkins destaca ampliamente, utilizando una variedad de recursos que elevan la película. Sin embargo, debido a las vacilaciones en la dirección, la obra no logra alcanzar todo su potencial.
Un film concebido desde la acción, el belicismo crudo y duro y la búsqueda a través de la manipulación de la puesta, para lograr la empatía emocional del espectador con los psicópatas de la pantalla en plan de héroes.
El film de Galliene se presenta casi como una autobiografía, entrelazando los recuerdos de su infancia y adolescencia. Es un artefacto tanto sofisticado como poderoso, sin dejar de ser accesible.
El moderado atractivo del film radica en el recorrido del hombre común que se enfrenta a circunstancias extraordinarias, con el aliciente adicional de observar a un actor de acción que se muestra contenido, coqueteando con el melodrama y revelando su vulnerabilidad como un personaje ordinario.
Una lección de capitalismo salvaje retratado con precisión por el film, donde se advierte la capacidad del brillante Aaron Sorkin en el guión, que logra llevar un tema poco transitado en el género.
No es que el actual presidente no haya pasado por lo que pasó, el problema de la película es cómo se presenta: un envoltorio caro pero pobre en la puesta.
Es probable que en la fascinante vida de la artista haya material para muchas películas, pero no es errado conjeturar que lo que logran Matus y Vila en Mercedes Sosa, la voz de Latinoamérica se aproxime bastante a un retrato definitivo.