El loco que las vuelve locas. González intenta manejar una historia de amor, que claramente es un tanto excéntrica, pero se ve afectada por las actuaciones de los actores involucrados.
Pequeña y larguísima epopeya, el filme se desarrolla sin alteraciones, disfrutando del reconocimiento que otorgamos a las narrativas de superación en el ámbito deportivo y personal.
Dirigida de manera descarada y emotiva hacia el público infantil, al estilo de Disney, los tiempos y las escenas de acción están bien equilibrados. En resumen, es una producción con un alto nivel de aprobación.
La película se desliza alegremente por el largo tobogán diseñado por el talentoso guionista David Koepp. Es una opción aceptable para entretenerse antes de retomar con entusiasmo la Nintendo DS.
El thriller se desborda con libertad, ofreciendo momentos cómicos y clichés sobre el terrorismo. Aunque el desenlace resulta algo forzado, logra ser entretenido y cumple con su propósito.
Espectacular trabajo de Akram Khan, creador de secuencias como el tuteo coreográfico con la arena del desierto y la performance final. Pobre en el discurso, rica en las coreografías. No cuaja.
Una historia sencilla y sin aristas que destaca el poder de la familia y la amistad femenina. Es un entretenido aperitivo veraniego, aunque evoca un sabor a VHS.
Todo tiene una apariencia pavorosamente real, incluso en escenas como la de James Gandolfini y el juguete parlanchín, de lo más tronchante del año, o del lustro. Ahí radican los muchos quilates de este apabullante callejón.
Una cosa con plumas de absurda naturaleza. Sin embargo, si se entra en el juego, incluso sin recurrir a sustancias psicotrópicas, algunas tonterías logran funcionar.
Flux de Estambul es un espectáculo desangelado que, en ocasiones, se siente más como un anuncio de productos de belleza que como una obra cinematográfica.
Aunque a veces presente cierto desaliño inicial, es un valioso testimonio sobre la deteriorada condición humana. Es una intensa y clara reflexión antibelicista, que destaca más en su contenido que en su presentación.
Una retahíla de conocidas vergüenzas a palo seco recitadas por un asombrosamente mimético Pedro Casablanc. Es un tour de force árido pero intenso, cinematográficamente austero, aunque democráticamente frondoso y rico en detalles.
La historia es predecible y bastante plana, lo que la convierte en una experiencia tan inofensiva que carece de impacto. En definitiva, resulta ser completamente olvidable.