Pequeña y larguísima epopeya, el filme se desarrolla sin alteraciones, disfrutando del reconocimiento que otorgamos a las narrativas de superación en el ámbito deportivo y personal.
Brutal, áspera y naturalista crónica de una indignación. La primera media hora está prodigiosamente rodada. Sin embargo, al disiparse la niebla del bombazo es cuando comienza la verdadera historia.
Dirigida de manera descarada y emotiva hacia el público infantil, al estilo de Disney, los tiempos y las escenas de acción están bien equilibrados. En resumen, es una producción con un alto nivel de aprobación.
Una elegante marcianada. A pesar de sus altibajos, conserva un tono y una actitud retro e 'hipnótica' que son muy prometedores, lo que la convierte en una obra interesante para seguir de cerca la carrera de este director.
La película se desliza alegremente por el largo tobogán diseñado por el talentoso guionista David Koepp. Es una opción aceptable para entretenerse antes de retomar con entusiasmo la Nintendo DS.
El thriller se desborda con libertad, ofreciendo momentos cómicos y clichés sobre el terrorismo. Aunque el desenlace resulta algo forzado, logra ser entretenido y cumple con su propósito.
Espectacular trabajo de Akram Khan, creador de secuencias como el tuteo coreográfico con la arena del desierto y la performance final. Pobre en el discurso, rica en las coreografías. No cuaja.
Una historia sencilla y sin aristas que destaca el poder de la familia y la amistad femenina. Es un entretenido aperitivo veraniego, aunque evoca un sabor a VHS.
Todo tiene una apariencia pavorosamente real, incluso en escenas como la de James Gandolfini y el juguete parlanchín, de lo más tronchante del año, o del lustro. Ahí radican los muchos quilates de este apabullante callejón.
Una cosa con plumas de absurda naturaleza. Sin embargo, si se entra en el juego, incluso sin recurrir a sustancias psicotrópicas, algunas tonterías logran funcionar.
Flux de Estambul es un espectáculo desangelado que, en ocasiones, se siente más como un anuncio de productos de belleza que como una obra cinematográfica.
Aunque a veces presente cierto desaliño inicial, es un valioso testimonio sobre la deteriorada condición humana. Es una intensa y clara reflexión antibelicista, que destaca más en su contenido que en su presentación.
Una retahíla de conocidas vergüenzas a palo seco recitadas por un asombrosamente mimético Pedro Casablanc. Es un tour de force árido pero intenso, cinematográficamente austero, aunque democráticamente frondoso y rico en detalles.