El thriller se desborda con libertad, ofreciendo momentos cómicos y clichés sobre el terrorismo. Aunque el desenlace resulta algo forzado, logra ser entretenido y cumple con su propósito.
Espectacular trabajo de Akram Khan, creador de secuencias como el tuteo coreográfico con la arena del desierto y la performance final. Pobre en el discurso, rica en las coreografías. No cuaja.
Una historia sencilla y sin aristas que destaca el poder de la familia y la amistad femenina. Es un entretenido aperitivo veraniego, aunque evoca un sabor a VHS.
Todo tiene una apariencia pavorosamente real, incluso en escenas como la de James Gandolfini y el juguete parlanchín, de lo más tronchante del año, o del lustro. Ahí radican los muchos quilates de este apabullante callejón.
Una cosa con plumas de absurda naturaleza. Sin embargo, si se entra en el juego, incluso sin recurrir a sustancias psicotrópicas, algunas tonterías logran funcionar.
Flux de Estambul es un espectáculo desangelado que, en ocasiones, se siente más como un anuncio de productos de belleza que como una obra cinematográfica.
Aunque a veces presente cierto desaliño inicial, es un valioso testimonio sobre la deteriorada condición humana. Es una intensa y clara reflexión antibelicista, que destaca más en su contenido que en su presentación.
Una retahíla de conocidas vergüenzas a palo seco recitadas por un asombrosamente mimético Pedro Casablanc. Es un tour de force árido pero intenso, cinematográficamente austero, aunque democráticamente frondoso y rico en detalles.
La historia es predecible y bastante plana, lo que la convierte en una experiencia tan inofensiva que carece de impacto. En definitiva, resulta ser completamente olvidable.
Estamos ante una de las películas de casas hechizadas que se encuentran en la media. Sin embargo, el debutante Peter Cornwell ha mejorado su obra con algunos detalles, lo que, considerando el estado actual del género, le otorga cierto mérito.
Arranca como 'Apocalypto', toca techo en plan 'Grizzly Man' y planea plácidamente hacia 'La misión'. No logra consolidar ninguno de los temas que aborda.
El metraje transcurre sin causar mal alguno, incluso a nivel cerebral, siempre y cuando no se considere la abundancia de filmes sobre rodajes disfuncionales que han habitado y continuarán habitando el insular mundo del cine.
El confort interior que se siente al observar la representación en 24 imágenes por segundo del parto más célebre de todos los tiempos es lo más destacado del filme.
Un ejercicio de intimismo entrañable y gustosamente alejado del acartonamiento habitual en el género bio-hagiográfico. (...) aporta un estimable testimonio de arqueología social y musical (...) Puntuación: ★★★ (sobre 5)