Es una película que, como no podía ser de otro modo, huele a ya vista y oída, pero que se las ingenia bien para trasladar a la platea un universo inquietante, al menos en parte.
Con decorados que reflejan una posible realidad y actuaciones, en su mayoría, poco destacadas. Es una película de baja calidad, pero es sincera en su enfoque y su naturaleza cerrada.
Con un puñado de excelentes actuaciones y el brío natural que poseen los trabajos de Gibson, su nueva película vuelve a ser un sermón poco sutil que, en su fascinante visualización, se convierte en la feliz contradicción que es el australiano como artista.
Es un melodrama solemne, un thriller lírico, un drama existencial sobre una época de lucha y huida controlada. Una obra vehemente e inteligente, con bellísimos momentos.
La película carece de enigma, pero establece una estructura dramática efectiva. Esto no es fácil de lograr, aunque no se puede considerar brillante. Además, el personaje de Turing, siempre arriesgado, merecía más valentía en su representación y menos conformismo en su desarrollo.
Petzold neutraliza el peligro de la falta de credibilidad gracias a la actuación de los dos protagonistas, los sobresalientes Nina Hoss y Ronald Zehrfeld, quienes transmiten mucho a través de sus miradas.
De aspecto impoluto, excelentes intérpretes y enorme interés dramático, donde una cierta superficialidad en el desarrollo provoca que los aspectos sentimentales y melodramáticos acaben ganando la partida a los más ambiguos, trascendentes y, por qué no, interesantes.
En el filme no hay dobles caras, solo estereotipos. Fleischer crea una repetición sin originalidad, una simple copia que carece de verdadera capacidad para la puesta en escena.
Una película de cuidada fotografía, bellos paisajes, nobles propósitos y evidente interés, a la que le falta el alma que proporciona el atrevimiento, la sorpresa, el talento innato.
Un planteamiento que funciona medianamente bien en el guion, pero no tanto en la puesta en escena, tan deudora del cine de Terrence Malick que, al tratarse solo de un sucedáneo, pierde la oportunidad de convertirse en una película realmente auténtica.
Incluso a la mayor de las locuras hay que otorgarle una estructura, un ritmo adecuado, unos personajes con un objetivo. 'Crebinsky' carece de todo ello, disolviéndose como un azucarillo.
No logra emocionar a lo largo de los encuentros y desventuras del grupo. Carecen de la profundidad dramática y el análisis político necesarios, y sobran momentos de monotonía.
Una película un tanto meliflua, aunque nunca cursi, que busca la lágrima más eficaz. Al tratamiento de los conflictos les falta profundidad. Pero los adictos al sentimentalismo y al melodrama se pueden sentir como en casa.