Excelente película. Bellocchio ha creado una obra monumental en su ambición. En su narrativa, el guion y los diálogos se desarrollan a la perfección, explorando los numerosos tentáculos del crimen y el poder.
Demasiados pasajes del pasado adoptan un tono convencional, reminiscentes de telefilmes, acompañados de una banda sonora excesivamente sentimental. En contraste, en las escenas de gran tensión, Kormákur se muestra más cómodo y brilla en la construcción de la tensión.
Una sólida película de la escuela de los años setenta que despliega su relato en diversas vertientes, todas con notable densidad y calidad. Es un trabajo altamente distinguido.
El contexto en el que se desarrolla la narración es considerablemente más interesante que la historia en sí. Aunque se realiza un loable trabajo sobre la memoria, la emoción solo surge cuando se incorpora el material de archivo.
Gigineishvili no juzga, pero muestra la desesperación. También los efectos de esa angustia, los errores, la muerte de inocentes. Cine político para tiempos políticos.
'Thriller' político sobre el ataque a la embajada de Irán en Londres en 1980, retransmitido en directo en su día por la BBC, fracasa en todas sus vertientes.
Linklater filma con una inaudita autenticidad su carta de amor a la música, a los futbolines y a las pinballs, como si realmente estuviéramos ante una película de 1980.
De ambiciosa temática y desarrollo algo esquemático, 'Pride' encuentra la emoción cuando busca la verdad de sus personajes, y el resquemor cuando huye de los problemas por medio de bromas que buscan la risa más fácil.
Uno ve este 'thriller', sensacional tercer largometraje de J. C. Chandor, y no ve a un imitador, sino al propio Lumet redivivo (...) la película es sutil, hermosa y brutal.
Si conectan con su personalísimo estilo, seguramente quedarán asombrados no solo por su extraña historia, sino, sobre todo, por la brillante propuesta escénica y de montaje de Bennett Miller.
Tiene todo lo que debe poseer un gran documental, ya que cuenta con carisma, una sólida narrativa y un atractivo visual. Presenta una historia apasionante que, a pesar de su toque maquiavélico, se desarrolla con profundidad, pasión y hasta con un toque de gracia.
Ambiciosísima epopeya sobre la sexualidad que destaca, por encima del fondo del relato, apasionado aunque algo superficial, su talento para el manejo del lenguaje cinematográfico, la conjunción de sonidos, músicas, encuadres, montaje y color.
Cerca del modelo scorsesiano, los personajes de Jong-bin parecen copias exactas al prototipo que bordó Joe Pesci: pobres tipos de apariencia enclenque, capaces de cualquier barbaridad mediante estallidos de rabia.
Un producto genuinamente contemporáneo: indolente, insustancial, blanco, que va de gamberro pero que sólo es ligeramente travieso, más cerca de 'High School Musical' que, por poner un ejemplo, del alma contestataria de 'Hair'.
Tamahori recurre al sensacionalismo al enfocarse en el sexo, sin ofrecer una crítica social que profundice más allá de los clichés. Mientras tanto, Dominic Cooper se diluye en su doble papel, presentando un retrato que se asemeja más a una parodia al estilo de Borat.
Adrenalina sin sustancia. Con un metraje excesivo para contar tan poco, la película no logra convertir sus fuegos artificiales en visiones emocionales.
Tras un primer tercio marcado por un clima inquietante, la acción se centra en la represión sexual de una profesora. En este punto, la narrativa se vuelve más predecible, culminando en un desenlace pomposo y poco sutil, casi como si perteneciera a otra película.