Se ve con interés, tiene consistencia en las interpretaciones principales, gusto en la producción y el arte, y unos logrados efectos especiales (...). Todo ello comandado por el pulso y la artesanía habitual de González Molina.
El mayor inconveniente de la película radica en que forma y fondo nunca logran converger. Es entretenida, mantiene un buen ritmo y presenta ciertos elementos interesantes, pero se queda un poco a medias.
Con algún hallazgo estético de mérito, Laugier vuelve a exponer sus torturas con una determinación difícilmente soportable. Pero desbarra en su expreso homenaje al maestro del terror literario H. P. Lovecraft.
Larsson para unos pocos. Entre los hilos argumentales más relevantes y la intriga convencional, se han decantado por esta última. Han desaparecido desde tramas insustanciales hasta otras más elementales.
Iliadis aporta sofisticación a la realización. Sin embargo, el producto resulta ahora más previsible, excesivamente enfocado en la escenificación de los momentos de impacto, los cuales rara vez se perciben como originales.
La fotografía es excesivamente brillante; el frenético montaje recuerda los peores momentos de Tony Scott. La dirección artística resulta inverosímil y, a menudo, risible. Las pretensiones morales son, claramente, desmesuradas.
Dos grandes, perdidos. Rutinario thriller policial de marcado tono ultraderechista, es la última muestra de su falta de rumbo. El desenlace es rocambolesco, basado en un truco de guion.
Ni Harris ni el director, Peter Webber, cumplen con sus funciones. La trama se limita a un esquema predecible de venganza contra aquellos que causaron el sufrimiento, y poco más.
Tratándose de un producto de gran presupuesto sobre un tema tan dolorosamente atroz, es difícil encontrar una película tan ridícula, ineficaz, banal, risible y desvergonzada.
En verano se estrena cualquiera cosa. Pero hay asuntos que sobrepasan la chatarra habitual. Como esta barbaridad, reaccionaria intriga criminal dotada de un guión infame